Una cosplayer popular en redes sociales muy, muy —pero muy— bonita organizó un meet and greet con sus seguidores. Como usaba más filtros que el telescopio James Webb, y eso ya se sabía desde hacía tiempo, los fans no vieron la necesidad de ir por allí: the real thing no iba a ser ni de cerca lo que esperaban. Cotillearon en Twitter y, al final, no apareció nadie.
En ese lugar se veía ella, sola con su mesita y todas las cosas que por lo general se ponen en esos eventos. Para ese entonces ya estaba un tanto quemada de esa vida: la cadencia permanente de lo mismo una y otra vez. Aún siendo cierto eso de que “un trabajo es un trabajo”, no era algo para lo que quizá tuviera madera… o paciencia.
Pero esto fue la gota que colmó el vaso. Pensó que tal vez querrían interactuar, que quizá se interesarían un poquito más por algo que no fuera solo la apariencia… pero no. Tal vez no tenía el carisma de otras, o quizá todo aquello estaba simplemente saturado. O algo.
Y ahí estaba, deprimida. Trataba de mantener buena cara, pero por dentro no estaba bien. Después de una hora empezó a sentirse ridícula allí.
Se levantó para recoger algunas cosas personales, pensando en avisar después a la empresa para que desmontara todo antes de lo previsto, si se podía. Justo cuando apartó la silla, apareció alguien.
Un chico apareció hora y media más tarde. A ella le bastó verlo para notar que venía de trabajar: el cansancio todavía encima, como si hubiera venido directo desde allí. La vio allí y la saludó con timidez.
—Veo que llegué tarde y que te estás por marchar —dijo—. Me haría ilusión que me firmaras al menos esta postal tuya.
Justo cuando iba a presentarle la postal, dudó un segundo al notar en ella una expresión que no supo interpretar, quizá cansancio, quizá algo más.
—Si no es mucha molestia.
Tiania aceptó sin explicar nada, sin mencionar nada de lo que había pasado. Le agradeció por venir con la amabilidad automática de siempre, fiel a su personaje, y le regaló una sonrisa auténtica por no haberla dejado sola ese día. Luego siguió recogiendo.
Intentó mover una de las cajas por su cuenta, midiendo mal el peso. La levantó apenas unos centímetros antes de volver a apoyarla en el suelo, con una mueca rápida que intentó disimular.
El chico, que ya se estaba retirando para no molestarle, se detuvo al verla forcejear con la caja. Dudó un segundo y regresó.
—Si no es molestia… ¿puedo ayudarte?
¿Cómo podría negárselo al único verdadero fan que quizá tenía? Así que aceptó, y empezaron a recoger juntos.
Mientras movían algunas cosas, al chico le cayó una especie de epifanía al ver la cantidad de material que, a esas alturas, no debería haber quedado allí. Hizo como si no hubiera notado nada. Aun así, Tiania se dio cuenta.
Hablaron de varias cosas. A Tiania le llamó la atención que él recordara detalles de sus videos que ni ella misma tenía ya presentes: comentarios al pasar, anécdotas pequeñas, ideas que había mencionado casi sin pensar. No la miraba como a una figura inmóvil ni repetía frases aprendidas; simplemente había prestado atención.
Aun así, no mencionó nada del hecho de que nadie o casi nadie hubiera aparecido. Es más, bordeó cualquier cosa que pudiera llevar hasta ese punto, como un capitán de época colombina evitando un arrecife en la costa. Todo eso durante la hora y media adicional que permanecieron juntos, ya que la compañía encargada de desmontar no llegaría hasta más tarde —según lo que se suponía que duraría el evento— y Tiania no tenía intención de dejar todo aquello allí.
Al final, terminaron. Se despidieron. No fue cansoso, no se metió en asuntos ajenos y se retiró con respeto.
Ya entrada la noche, Tiania se dedicó a ver el hazmerreír en que se había convertido todo aquello. Asistir no habían asistido, pero subirlo a las redes sí. ¿O sea? Cruel, ¿no? Como si hubiera aparecido gente solo para subir fotos y burlarse.
Pero entre todo ese ruido, en su cuenta de Twitter se topó casi por casualidad con un único comentario: una felicitación sencilla por el evento.
La cuenta le dio curiosidad. Entró. De allí pasó a otras cuentas relacionadas, y así, casi sin darse cuenta, dio con el Facebook de esa persona. Era él. Quien la había acompañado esa noche.
Tiania no respondió el comentario ni dijo nada. Se quedó un rato más mirando la cuenta y luego la dejó ahí. Antes de quitarse eso de la cabeza, pensó simplemente: gracias.
Al poco tiempo desapareció de las redes. Ocultó todas sus cuentas sin previo aviso y siguió con otras cosas. Al fin y al cabo, así se lo dijo a sí misma, era alguien fácilmente olvidable. Nadie la iba a doxear. No era tan importante.
Aun así, Tiania tenía su propio trabajo en línea, así que sabía ganarse el pan. Era buena ilustradora, muy buena en marketing, y en otras habilidades que, con el tiempo, habían impulsado su carrera como cosplayer. Volvió a su ruta habitual: tranquila, estable… y bastante solitaria.
Era consciente de que hay gente con problemas “reales” en este mundo. Ella no tenía problemas económicos, no vivía en casa ajena, no estaba enferma ni nada parecido. Simplemente había caído en ese vacío discreto donde tus amigos viven lejos, estás en otra ciudad, tu familia queda atrás y, aun así, no quieres irte.
Tiania estaba ahí, sabiendo que esa era su realidad. Series, juegos, películas, lo que ofrecía el mundo moderno, y aprender a convivir con ese tipo de soledad. En teoría, tenía solución: “salir a conocer gente”, como se dice con tanta facilidad. Pero a los veintiséis años ya no estaba en eso. Al menos, no en salir a buscarlo. ¿Rarezas de los problemas modernos? ¿Locura propia? Quién sabe.
Y entonces llegó diciembre. Y todo aquello que se supone que alegra, a ella la amargó. Es una época fatal para el solitario, fatal de verdad. No importaba cuánto intentara mirarlo con objetividad: seguía siendo un ser humano, con sentimientos, aunque fueran un poco irracionales. No tenía ganas de ir al campo a ver a su familia; no quería verse obligada, sin escapatoria, a explicar cosas que ni ella misma tenía claras.
—Estoy bien —decía—. Tengo aún algunos compromisos.
Qué mentirosa soy…, pensaba.
Y así abrió los ojos esa víspera de Navidad, a las ocho de la mañana. Miró hacia afuera desde el piso treinta y seis en el que vivía y vio la ciudad completamente animada. Después de desayunar fue a ver qué ponían las redes… para joderse. Tantas cosas felices, tan alegres.
En otros años, esas fechas la encontraban ocupada. Su trabajo como cosplayer solía consumirle el tiempo justo cuando más lo necesitaba: eventos, sesiones, encargos, movimiento constante. Era una distracción cómoda. Algo que llenaba los días y dejaba poco espacio para pensar.
Pero ese año no. Ese año no había nada que amortiguara el golpe. La ciudad seguía celebrando y ella estaba ahí, con tiempo de sobra para notarlo.
No era una tristeza dramática, ni ganas de llorar. Era algo más simple y más incómodo. Nadie quiere estar solo en Navidad; incluso quien dice que no le importa, en el fondo añora estar en algo más que en sí mismo.
Y entonces se acordó de lo sola que se había sentido también aquel día del meet and greet. De estar allí, rodeada de luces y de cosas preparadas para otros, sin nadie al frente.
Y en medio de todo eso, se acordó de aquella cuenta.
Vio un mensaje del día anterior, acompañado de una foto en algún trabajo de logística o algo parecido; no entendió bien la imagen:
“Aquí, familia. En trabajo duro, pero fuerte. Lástima no poder estar allá con ustedes, pero no se preocupen: caminar la ciudad aquí, aun solo, en víspera navideña, es hermoso. Subiré fotos.”
Desde ahí, Tiania se dejó llevar por todo lo que había en esa cuenta, y se perdió en todo lo que había allí durante un largo rato.
Después de volver a pensar en aquella noche, le mandó un mensaje directo:
¿Puedo caminar contigo la ciudad esta noche?
Tiania se quedó mirando el mensaje unos segundos. Releyó la frase y pensó en lo repentino que sonaba, así, sin previo aviso, en pedir algo así de golpe.
Entonces añadió:
Si no es mucha molestia.
Tiania se quedó mirando los mensajes, aún sin leer, sin saber que allí comenzaban muchas noches felices en su vida.

La ciudad seguía allí. Esta vez, no caminaba sola.