Joven patinando de noche por una avenida urbana iluminada, en movimiento entre las luces de la ciudad.

Kasha patinando por la ciudad, una noche cualquiera.

La noche sobre ruedas

Kasha sale a patinar todas las noches de fin de semana. No lo hace por deporte ni por moda: lo hace porque es la forma más cómoda de moverse en este planeta sin levantar sospechas… y porque le gusta, no, le encanta.

No es humana. Es alienígena.
Pero la base es la misma: dos piernas, equilibrio, gravedad. La mayoría de las especies pensantes terminan pareciéndose a los humanos tarde o temprano, así que pasar desapercibida no es difícil. Mientras no vuele.

Y volar puede volar, claro. Manipular gravitrones funciona, pero es cansado, impreciso a baja altura y demasiado visible. En cambio, patinar es perfecto. Deslizarse, impulsarse de vez en cuando con pequeños empujes vectoriales casi imperceptibles, corregir trayectoria sin que nadie lo note. Al principio pensó que sería una limitación… luego descubrió que era una ventaja.

Se mueve rápido. Mucho más rápido de lo que debería. A veces recorre kilómetros enteros a velocidades que solo un patinador profesional notaría como imposibles de sostener. Pero nadie presta atención a eso. La gente ve luces, ruido, pantallas. Nadie calcula, están muy distraídos.

De vez en cuando se permite alguna travesura. Competir con un vehículo en una avenida larga. Dejar que el conductor acelere, convencido de que va ganando, y luego acercarse poco a poco hasta emparejarse a más de cien kilómetros por hora. A algunos incluso les flota al lado durante unos segundos, sin tocar el suelo, lo justo para sembrar la duda.

Total, aunque lo graben, nadie lo creerá. Con IA, filtros y montajes, la realidad perdió toda autoridad hace tiempo.

Kasha no está explorando la Tierra. Ya lo hizo.
Ahora solo la disfruta, de noche, sobre ruedas, deslizándose entre luces humanas que no saben —ni quieren saber— lo que pasa justo a su lado.

Rutinas que dejan huella

No hay cosa más rica —en palabras de Kasha— que comer como si el cuerpo no tuviera consecuencias. Hambre directa, sin culpa. Hambre honesta. Con cinco pies de altura y estómago de obrero de minería.

Está sentada en el banco de cemento del malecón, la caja de pizza abierta entre las piernas, el olor a pepperoni mezclándose con la brisa salada. Mastica distraída, mirando el reflejo irregular de las luces sobre el mar, cuando la voz la saca de golpe de su órbita mental.

—¿Toca pepperoni hoy?

Kasha parpadea. Tarda más de lo normal en procesar que la frase va dirigida a ella.

—¿Cómo dices? —pregunta, girando apenas la cabeza.

—Que hoy pediste pepperoni.

Ella mira la caja. Luego la pizza. Luego al chico.

—¿Hoy? —dice, todavía sin entender.

—Sí —responde él con naturalidad—. Por lo general pides salchicha italiana o triple queso.

Algo hace clic… y no le gusta.

—¿Pero esto qué es…? —piensa, mientras su mente repasa escenas sueltas: noches, bancos, cajas, bolsas, rutinas.

—¿Trabajas ahí? —pregunta ella, señalando la pizzería con la barbilla, buscando una explicación sencilla.

El chico se ríe.

—¿Con estas pintas? No, mujer. —se encoge de hombros— Te veo comiendo por aquí todas las semanas. O pides pizza… o te mueves más para allá a pedir carne.

Kasha siente esa incomodidad seca, rara, que no tiene nombre en su idioma natal. No es miedo. No es amenaza. Es darse cuenta de que existe demasiado.

En una ciudad pequeña como Santo Domingo, repetir trayectorias es dejar rastros. Ella lo sabe… solo que nunca lo había sentido.

El chico la observa en silencio unos segundos. Kasha se queda quieta, como los ciervos cuando los faros les caen de frente. No huye. No avanza. Solo está.

—Vengo a patinar por esta zona —continúa él, más despacio—, y te he visto varias veces. —Hace un gesto vago con la mano— Patinas de una forma… peculiar. Y no he podido evitar notarte. Hoy te vi otra vez aquí, sola, y pues…

Duda un instante.

—…me tomé el atrevimiento —o el descaro, si así quieres llamarlo— de venir a hacerte compañía.

Silencio. Las olas rompen abajo, constantes, indiferentes.

Kasha no sabe qué hacer con eso.

Su contacto con los humanos ha sido funcional: comprar, pagar, pedir, irse. Miradas breves. Frases necesarias. Esto es otra cosa. No es comercio. No es accidente.

Es… con intención.

Ella baja la vista a la pizza, como si el cartón pudiera darle instrucciones.

—Yo… —empieza, y se detiene.

No sabe cómo se responde a esto. No sabe si se responde. No sabe qué es esto.

Y por primera vez en mucho tiempo, Kasha —alienígena, rápida, superior en varias cosas— se siente exactamente como lo que también es:

Una persona un poco idiota, sentada en un banco, sin manual para el inevitable momento que fue construyendo poco a poco.

Patinar distinto

—¿Patinar… peculiar dices? —pregunta Kasha, ladeando la cabeza, como hacen los perros cuando oyen un sonido nuevo.

No lo hace a propósito. Le sale así.

El chico se queda en blanco. Literal. No porque la pregunta sea complicada, sino por cómo la hace. El gesto, la inclinación, la expresión curiosa y coqueta sin intención… todo junto lo desarma por un segundo.

Hace un movimiento torpe, como si algo invisible le hubiera rozado la cara, se pasa la mano por el pelo y carraspea.

—Eh… sí. O sea… —empieza, y se detiene—. Peculiar, pero bien.

Kasha no lo ayuda.

—¿Peculiar cómo? —insiste.

Silencio incómodo.

Él parpadea, recompone el cuerpo, y decide seguir adelante, ya que está metido.

—Llevo muchos años patinando —dice—. Y uno aprende a notar cosas. El ritmo, el empuje, la forma en que alguien mantiene la velocidad. —Hace un gesto vago con las manos— Y tú… te impulsas más de lo que parece posible con esa cadencia.

Kasha frunce apenas el ceño.

—¿Eso no es normal?

—Bueno… no exactamente —responde él, dudando—. No es que esté mal, solo que… es raro.

—¿Raro malo? —pregunta ella, sin soltarlo.

—No, no, raro curioso —aclara rápido—. Como si sacaras velocidad de la nada.

Ay, piensa Kasha. Eso no era buena frase.

—Yo patino normal —dice, demasiado defensiva—. Como todo el mundo.

—Claro, claro —responde él, levantando un poco las manos—. No digo que no. Solo que no pierdes velocidad donde normalmente se pierde. En bajadas muertas, en tramos largos… —Se encoge de hombros— Supongo que tienes mucha fuerza en las piernas.

Kasha asiente… y luego la empeora.

—¿Mucha para una chica? —pregunta.

Él se congela otra vez.

—No, no, no, no iba por ahí —dice enseguida—. Para nadie, quiero decir. Es técnica, no fuerza bruta.

Ella lo observa en silencio. No sabe por qué está presionando. No quiere hacerlo. Pero algo en su cabeza —esa maravillosa capacidad mental de plátano para tratar con humanos— le dice que siga.

—Entonces… ¿me ves patinar seguido?

—Sí… —admite él—. Bastante.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace semanas.

Otra alerta mental. Otra huella.

—Ah.

Ese “ah” cae pesado.

Él nota el cambio y se apura.

—No en plan raro, eh. O sea… la zona, el horario… coincidimos. Y llamas la atención porque patinas distinto, no porque… —Se queda sin frase y se ríe nervioso— Bueno, sí, también porque eres bonita, pero eso es secundario.

Kasha se queda rígida.

No sabe qué hacer con eso. No sabe cómo responder. No sabe por qué abrió esta puerta y ahora no sabe cerrarla.

Mira la pizza. Mira el mar. Mira sus patines.

—Yo… solo patino —dice al final, como si eso explicara algo.

Y en el fondo sabe que lo único que ha logrado es exactamente lo contrario de lo que quería: Ahora él está aún más atento.

Ambigüedad en silencio

Kasha sigue comiendo su pizza. Mastica, traga, voltea a verlo. Vuelve a la pizza. Otro mordisco. Otra mirada.

No dice nada. Y eso es mucho decir.

Desde fuera, las señales son un desastre: no se va, no corta la conversación, no se encierra en el teléfono, no se incomoda lo suficiente como para marcar distancia. Está ahí. Presente. Ambigua. Terriblemente ambigua.

El chico no sabe qué hacer con eso… salvo interesarse más.

—¿Patinas mucho? —pregunta al final—. Quiero decir… bastante, ¿no?

Kasha asiente mientras mastica.

—Sí.

Silencio.

—¿Por qué? —añade él—. ¿Deporte? ¿Te despeja? ¿Te gusta la velocidad?

Y ahí… ahí Kasha agarra la pala, la de cavar su propio lio.

—Me gusta moverme —responde—. Ver la ciudad. Pasar cerca de los autos, sentir el viento, calcular distancias… Hace una pausa, pensando. —Y comer después.

El chico sonríe.

—¿Cerca de los autos?

—Sí —dice ella, como si fuera obvio—. No pegada, pero… cerca. Es interesante cómo reaccionan cuando algo se mueve a su lado.

No, Kasha. No.

—¿No te da miedo?

Ella frunce el ceño, genuinamente confundida.

—¿Por qué habría de darme miedo?

Ahí se da cuenta. Tarde, pero se da cuenta.

—Quiero decir —corrige rápido—, uno calcula. No hago locuras. Solo… — y ahi se queda.

Él asiente, aceptando la explicación más simple.

—Supongo que cada quien tiene su manera de despejarse.

—Eso —dice Kasha, aliviada—. Despejarse.

Y por primera vez, se calla.

Hablan. De cosas normales. De horarios raros. De cómo el malecón cambia de noche. De comida —mucho de comida—. De patines buenos y patines malos. De por qué la pizza sabe mejor afuera que en casa.

Kasha escucha. Responde corto. Aprende, lentamente, a no rellenar silencios con información innecesaria. Descubre que no todo espacio vacío necesita explicación.

El chico le cuenta por qué patina desde hace años. Ella no entra en detalles sobre por qué ella lo hace. Solo dice que le gusta, y resulta ser suficiente.

La pizza se acaba.

—Bueno… —dice ella, levantándose—. Ya me voy.

—¿A patinar? —pregunta él.

Kasha duda una fracción de segundo.

—Sí.

—¿Por aquí?

—Por ahí —responde, señalando vagamente la ciudad.

Se pone los patines. Ajusta una rueda. Se incorpora.

—Oye —dice él—. Soy Raul.

—Kasha —dice ella antes de que termine—. Me llamo Kasha.

Él sonríe.

—Encantado.

Ella asiente.

Se impulsa, suave. Normal. Humano. Y mientras se aleja, piensa que tal vez hablar con humanos asi no es tan complicado…

La acera recuerda

Surge en Kasha la inesperada necedidad de verlo.

Kasha, no voltees…

y Volteó.

Y en ese preciso instante olvidó algo fundamental: las aceras de esa zona tienen memoria… y mala intención. Un mini bache, insignificante, traicionero. La rueda delantera lo muerde y Kasha va directo al suelo.

El chico pasa por tres estados emocionales en menos de un segundo.

Primero, alegría. Volteó a verme.

Luego, horror absoluto. Se va a matar.

Sale disparado como todo un caballero bien educado, preparado para amortiguar una caída fea… y entonces pasa algo que no encaja.

Kasha toca el suelo con demasiada suavidad.

No hay golpe seco. No hay inercia real. Es como si alguien hubiera bajado el volumen de la gravedad a último momento. La caída se ve… rara. Incorrecta. Como mal renderizada.

Él la agarra por reflejo.

Y se queda congelado.

—…¿?

Es ligera. Demasiado ligera.

No en plan “menudita”, no. En plan esto no cuadra. Con el impulso que traía, con el cuerpo que ve, con la caída… debería haber pesado más. Mucho más. En su cabeza hace un cálculo rápido que no termina de cerrar.

¿Está hecha de estereofón o qué?

Pero no hay tiempo para procesar nada. Las prisas ganan.

—¿Estás bien? —pregunta.

Kasha lo mira.

404 brain not found

Ojos abiertos. Silencio total. El mismo estado del ciervo frente a los faros, versión premium.

—Yo… —intenta decir algo. No sale nada.

Él se incorpora un poco, todavía sosteniéndola.

—Oye, tranquila —dice—. Fue solo un bache.

Pausa incómoda.

—Eh… —añade— ¿patinamos juntos este tramo?

Kasha no piensa. No analiza. No evalúa riesgos interplanetarios.

—Sí.

Respuesta automática. Reflejo puro.

Claro que sí. Este tramo, el siguiente y cualquier otro. Kasha ahora mismo aceptaría un contrato hipotecario si se lo ponen delante.

Se impulsan.

Van despacio. Demasiado despacio para ella. Demasiado cerca para su sistema nervioso.

Avanzan unos metros y Kasha vuelve a tropezar con otro mini bache. Él lo ve venir y le toma la mano antes de que falsee del todo.

Lo normal habría sido soltarla. Ajustar el equilibrio. Seguir.

Kasha hace exactamente lo contrario.

Se ancla.

Como si esa mano fuera una argolla de escalada en el Everest. No afloja. No suelta. No negocia. Sigue patinando… pero pegada. Rígida. Concentrada como si soltar implicara caer al vacío.

El chico frunce el ceño, confundido.

¿Qué carajos está pasando aquí?

Kasha está espantada. No acostumbrada a este nivel de cercanía, de contacto sostenido, de interacción no planificada. Su mente va a mil, pero su cuerpo no reacciona como debería.

No suelta la mano. No deja de avanzar. No dice nada.

Patinan así un poco más. Al pasito. Silencio raro. El mar a un lado. Las luces al otro.

Él mira su mano. Luego a ella.

Ella mira al frente. Fijamente. Como si el mundo solo existiera en línea recta.

Y ambos, por razones completamente distintas, están pensando exactamente lo mismo:

Esto no es normal.

Contacto sostenido

Siguen patinando. O más bien… paticaminando. Despacio. Torpemente. Tomados de la mano.

En la cabeza de él, el caos empieza a organizarse en forma de monólogo interno.

A ver, a ver, a ver… Esto no es lo normal.

Lo normal, el cliché, lo esperable, es que a estas alturas él estuviera ya catalogado mentalmente como “el tipo raro del malecón”. El que se acercó demasiado. El que no entendió señales. El que incomodó.

Y sin embargo…

Soy yo el que se siente arrastrado a esta vaina.

Ella no ha soltado la mano. No se ha apartado. No ha dicho “oye”. No ha hecho el gesto universal de “gracias, pero hasta aquí”.

Nada.

¿Estoy ayudando o estoy participando? ¿Esto es caballerosidad o ya es una escena sacada de contexto?

Mira de reojo. Kasha va rígida, concentrada, como si patinar fuera una tarea de precisión quirúrgica. No parece incómoda… pero tampoco relajada. No parece asustada… pero tampoco suelta.

Ok. Regla básica: si ella quisiera soltar, ya lo habría hecho.

Pero inmediatamente se corrige.

O no. O está nerviosa. O es tímida. O yo estoy leyendo mal todo esto.

Veinte y seis años dan para aprender ciertas cosas: no todo silencio es consentimiento, no toda cercanía es invitación, y no toda torpeza es coqueteo.

Buenas costumbres, hermano. No te inventes películas.

Él afloja un poco la mano. Apenas. Lo justo para que, si ella quiere, pueda soltar sin hacerlo evidente.

Kasha responde anclándose.

No es un apretón brusco, es peor: firme, decidido, como quien dice no me sueltes ahora. Exactamente como en una multitud de concierto, cuando sabes que si esa mano se pierde, se perdió todo.

—…¿?

Pero esto qué carajo es, piensa él.

No frena. No tira. No comenta. Solo sigue patinando, ahora un poco más lento, intentando que la escena no se vuelva más rara de lo que ya es.

Y entonces la ve bien.

La cara, la forma en que el cabello se mueve con el viento, la concentración exagerada en mirar al frente como si girar la cabeza fuera peligroso. Es hermosa. De una manera tan limpia y tan absurda que su cerebro empieza a buscar explicaciones alternativas.

Me drogaron. Seguro me drogaron. Estoy alucinando acostado en un contén mientras alguien me roba los tenis.

Aumentan un poco la velocidad. Ya no es paticaminar. Es patinar lento, controlado, casi cuidadoso. Él ajusta el ritmo para no forzarla, aunque no sabe por qué siente que es él el que va siendo llevado.

Kasha, por su parte, no ayuda en nada.

No lo mira. Mira al frente. Voltea un segundo… Vuelve al frente. Silencio total.

¿Por qué no suelta? ¿Por qué no dice nada? ¿Por qué soy yo el que está cuestionando todo esto?

Pasan calles. Faroles. Tramos largos del malecón. La ciudad sigue, como si esta escena no fuera completamente surrealista.

Te lo juro, piensa él, a este paso llegamos al otro lado de la ciudad y esta muchacha no me ha soltado la mano.

Y lo más desconcertante no es eso.

Lo más desconcertante es que, aunque todo su sentido común le dice que esto no es normal, que debería haber pasado algo —una palabra, una risa, una explicación—… no hay ninguna señal clara de peligro.

Solo silencio. Contacto. Movimiento compartido.

Y una certeza cada vez más incómoda:

Sea lo que sea esto… ya empezó. Y no fui yo el que dio el primer paso.

La palabra equivocada

Y entonces, como suelen hacer las malas ideas, le viene a la cabeza una escena de una película. Y como no sabe ya ni qué hacer con la situación, decide soltarla en broma, riéndose, medio nervioso, medio rendido:

—¿Esto es un intento coqueto de llevarme a tu nave alienígena y abducirme?

Silencio.

Silencio malo.

Cagaste, Raúl. La cagaste monumentalmente.

Porque Kasha se detiene en seco.

Literalmente. Patines clavados. Cuerpo rígido. Cara de esas que uno pone cuando alguien acaba de confirmar que mañana se acaba el mundo, pero no te avisaron antes.

De todas las palabras posibles… Alien.

Raúl lo ve de inmediato.

—Ey, no, no, perdón —dice rápido—. Era una broma, fue una estupidez, lo siento…

Kasha no responde enseguida. Se queda ahí, bloqueada, procesando demasiado. Al final logra decir:

—No… no tienes que disculparte. Solo es que…

¿Solo es que qué? Piensa Kasha.

¿Que acertaste? ¿Que tocaste algo que no debías? ¿Que mi vida entera acaba de tambalearse por una palabra?

No. Nada de eso sirve.

Se detiene un segundo más… y dice lo primero que le hace sentido.

—Realmente parece eso que dices… —admite— pero la verdad es que no sé a dónde vamos.

Raúl parpadea, sorprendido.

—O sea que… ¿te gusta patinar y deambular?

—Sí.

Respuesta simple. Clara. Sin adornos.

Él asiente, relajándose un poco.

—Mira, si quieres podemos volver por donde vinimos. Yo tengo que regresar por ahí… dejé mi carro de ese lado.

—Está bien —responde ella.

Y empiezan a volver.

Patinan juntos, ahora en dirección contraria. Kasha vuelve a mirarlo de vez en cuando. No porque quiera, sino porque no sabe qué hacer y su cerebro, en lugar de pensar, la obliga a mirarlo.

Raúl lo nota.

¿Qué está pasando ahora?

A estas alturas, ya rendido, decide decirlo en voz alta, con buena fe, sin doble intención:

—¿Prefieres que volvamos tomados de la mano?

Lo dice como cortesía. Como quien ofrece ayuda para no caerse. Como quien no quiere incomodar.

Pero Kasha… En este estado mental… Después de todo…

Se toma un segundo. Y responde:

—Sí.

No le ha molestado. Al contrario. Ahora prefiere que sea así.

Raúl traga saliva.

Raúl… hoy no te salvas.

Porque si antes la situación era rara, ahora está clara de la peor forma posible: ya no es accidente.

Se toman de la mano otra vez y siguen patinando.

Y mientras él intenta entender en qué momento se le volteó la escena, Kasha —alienígena, distraída, socialmente desarmada— piensa algo que no se atrevería a decir en voz alta:

¿Desde cuándo esto se siente tan… bien?

Y la pregunta final flota en el aire, incómoda y deliciosa:

¿Quién es la del descaro ahora?

Idiosincrasia humana

Para un humano, esto sería raro. Incómodo. Confuso. Lleno de preguntas emocionales mal formuladas.

Para Kasha… no.

Kasha es Aklana. Tiene más de trescientos años y, dentro de los suyos, es incluso introvertida. Para una especie como esta, longeva y poderosa, no hay ese ruido interno de “¿qué siento?”, “¿qué significa?”, “¿esto va a algo?”. Por lo general son bastante directos en llegar a una conclusion aunque tarden y Kasha a pesar de todo esta… formando su conclusion.

Ademas, todo esto es idiosincrasia humana.

Aquí no hay drama. No hay dilema. No hay película mental.

Aquí hay contacto alienígena.

El alien es él.

Kasha no se pregunta si le gusta. Eso sería irrelevante. El dato está ahí, evidente, sin necesidad de análisis. Lo que ocupa su concentración es otra cosa:

Estoy en contacto físico sostenido con un humano: No es hostil. No es accidental. No es funcional. … y me gusta.

Kasha ya no está nerviosa. Está ya disfrutando esto.

Por eso lo mira… y vuelve al frente. Y luego vuelve a mirarlo. Y lo mira asi muchas veces en todo el trayecto de regreso.

Que se acercara un poco a alguien en este planeta no estaba en su plan original. Y este tipo de interacción… definitivamente no.

Siguen patinando de regreso. El trayecto importa menos que el proceso.

Para Raúl, la situación sigue siendo extraña, hermosa, confusa. Para Kasha, es … es ya lo que sea que pase.

No se pregunta qué vendrá después. No lo proyecta. No lo teme.

Ahora mismo solo existe esto: movimiento compartido, contacto estable, ausencia de amenaza.

Y eso, para una Aklana, es suficiente razón para no soltar. Sabe con total seguridad que todo este tiempo no ha habido la minima intencion de engañarla, de hacerle daño ni nada, si no todo lo contrario, Raul ha estado todo este tiempo tratando de que ella se sienta bien, y sobre todo no se sienta incomoda. No sabe que pasa por su cabeza, pero percibe con total claridad que su intencion es buena.

Cruzar el umbral

Después de un rato llegan.

Raúl reconoce el sitio de inmediato: luces conocidas, el ángulo exacto desde donde dejó el carro. Ese pequeño alivio práctico le devuelve algo de control. Suelta la mano con cuidado, como quien cierra una escena sin saber muy bien qué escena fue esa.

Por cortesía —y también por instinto— decide que hasta aquí.

—Bueno… ya me tengo que ir —dice—. No me gusta llegar tarde al apartamento, tú sabes… cosa de no molestar a los vecinos.

Hace una pausa y, como si su cerebro todavía no hubiera aprendido a quedarse quieto, agrega en broma:

—Aunque, por mí, te invitaría y hasta patinamos en mi sala, que es bastante grande.

Se ríe. Risa nerviosa. Risa de por favor que esto se quede en chiste.

Kasha no se ríe.

—Me parece bien —dice ella.

Silencio.

…no. No. No puede ser.

—…¿tú estás jodiendo, verdad? —piensa Raúl, sin decirlo.

La mira con más atención ahora. No hay ironía. No hay doble intención. No hay picardía humana. Lo ha dicho igual que habría dicho “sí, el agua moja”.

En serio.

Un pequeño escalofrío le recorre la espalda.

Ok. Esto ya se puso raro de verdad.

Por primera vez desde que se encontraron, su radar de autopreservación se activa tarde pero fuerte.

Mira qué cosa… Bonita, callada, rarísima… ¿Y si es una robadora de órganos? ¿Y si esto es un bait nivel Dios?

—Bueno —dice Raúl, intentando enderezar la situación—, es un decir. Mi sala no es tan grande para patinar y además molestaría a los vecinos de abajo.

Kasha hace una pausa mínima.

—Ahhh…

No es un “ah” neutro. No es informativo. Es un ah decepcionado.

Raúl lo nota al instante.

¿Por qué lo dice así? ¿Por qué suena como cuando te dicen que el viaje a Disney se canceló?

La mira bien. De verdad. La calma, la postura, la manera en que acepta las cosas sin discutirlas. No hay picardía rara, no hay presión, no hay señales de peligro inmediato.

Naah… En mi casa no va a pasar nada raro. Y cualquier cosa, abajo hay seguridad, cámaras, vecinos…

Respira hondo. Se rinde un poco.

—Aun así… —dice—, ¿quieres venir?

Kasha no tarda ni un segundo.

—Sí.

Respuesta clara. Directa. Sin celebración, sin nervios, sin subtexto humano.

Raúl siente cómo se le cruzan todos los pensamientos posibles en fila india.

Ok. Esto ya está pasando. Que sea lo que quiera Cristo.

Se persigna ahí mismo, rápido, automático, como quien se encomienda antes de cruzar una calle peligrosa.

—Vamos entonces —dice, abriendo el carro.

Kasha se acerca, se quita los patines con cuidado y los acomoda como si fuera lo más normal del mundo. No hay prisa. No hay emoción visible. Solo continuidad.

Raúl arranca.

Mientras manejan, no puede dejar de pensar que esta noche se salió completamente del guion que conocía. Y que, por alguna razón que todavía no entiende, no siente que esté cometiendo una locura… sino entrando en territorio desconocido.

Kasha mira por la ventana. La ciudad pasa. Luces. Cruces. Ruidos humanos.

No piensa a dónde va. Piensa qué viene ahora.

El contacto no ha terminado. Solo ha cambiado de escenario.

Escenario conocido

Llegan al edificio. Raúl saluda al seguridad con una sonrisa que intenta ser casual.

—Cualquier cosa extraña… —dice en voz baja, señalando con la cabeza— ojo.

El seguridad asiente, sin preguntar. Raúl tampoco explica. Mejor así.

Suben. Entran al apartamento.

El lugar es normal. Demasiado normal. Sofá, mesa, una sala limpia pero vivida. Hablan de cosas banales, de nada importante: el tráfico, lo caro que está todo, lo rápido que se hace tarde. Conversación de relleno, como esas escenas que existen solo para que el tiempo avance.

Sin saber muy bien qué más hacer, Raúl propone ver una película.

—¿Te parece?

—Sí —responde Kasha.

Le ofrece comida. Ella acepta sin pudor y come con un apetito que no intenta esconder. Raúl lo nota y piensa, divertido, que esa chica come como dragón chino.

Elige una película pésima. De esas que Netflix te lanza sin vergüenza. Mala actuación, guion flojo, música que entra tarde. Perfecta para no prestarle atención.

Se sientan.

Pasan los minutos.

Raúl empieza a notar algo. Kasha está incómoda. No se mueve mucho, pero sus manos sí. Dedos que se entrelazan, se separan, vuelven a juntarse. Tensión contenida.

¿Ahora qué…? piensa él.

Lo que Raúl no sabe es que Kasha sí conoce esta situación. Ha visto suficiente cultura popular humana como para reconocer el patrón. Sofá. Película mala. Comida. Silencio.

Es su primera vez dentro de este escenario. Y eso la tiene inquieta.

No porque tenga miedo. Sino porque el guion está avanzando… y ella no está segura de cuál es su parte exacta.

Raúl la mira. Ella levanta la vista. Cruzan miradas.

Algo en él decide que ya basta de rareza pasiva. Con naturalidad —o lo más cercano que puede— extiende el brazo y la rodea, como si nada. Sin brusquedad. Sin comentario.

Kasha se queda quieta un segundo.

Luego se acomoda.

Raúl la mira de reojo y ve una pequeña sonrisa. Apenas ahí, pero real.

Esta chica… piensa.

En su cabeza, Raúl cree que Kasha tendrá unos veintiún años. Que es tímida. Que es rara. Que no sabe bien cómo moverse en estas cosas. No tiene forma de imaginar lo lejos que está de la realidad.

La película sigue, pero ninguno la está viendo.

Al rato, Raúl pausa. El silencio ahora es explícito.

La mira. Ella lo mira.

Pasan varios segundos. No hay prisa. No hay música dramática.

Raúl decide hacer lo que le parece más correcto, más limpio, más él.

—¿Puedo darte un beso?

Kasha no se sorprende. No se acelera. No duda.

Era lo esperado. El siguiente paso lógico dentro del guion humano que ha observado tantas veces desde fuera.

—Sí —responde.

Raúl se detiene.

La tiene tan cerca que por un segundo se le olvida todo lo demás. La película pausada, el sofá, incluso la rareza acumulada de la noche. Solo está Kasha, mirándolo directo a los ojos.

Yo soy aquí, al parecer, el único que no entiende cómo está pasando esto, piensa.

Los ojos de ella lo desarman. No son marrones comunes. Son color miel… pero no exactamente. Hay algo más ahí. Dorados. No brillantes como un reflejo, sino como el oro cuando está quieto, puro, sin pulir. Nunca había visto algo así.

Se queda mirándolos más tiempo del que sería normal. Se da cuenta… y aun así no puede evitarlo.

¿Por qué siento que podría quedarme viendo estos ojos todo el tiempo que quiera y ella no se va a quejar? Esto es lo mismo que antes.

Levanta una mano y le sostiene el rostro con cuidado. No para besarla todavía. Solo para acercarla un poco más, para verla mejor. Kasha no aparta la mirada. No parpadea de más. No se incomoda.

Raúl se aleja apenas para verla completa. Es bonita, sí, pero hay algo distinto. Algo que no sabe señalar. ¿Los ojos un poco más grandes? ¿La calma excesiva? ¿La ausencia total de tensión?

¿Y por qué esta chica está tan tranquila en esta situación tan rarísima?

Suspira.

En fin… total. Tal vez simplemente le gusta mucho. Tal vez es una persona distinta, más adulta de lo que aparenta. Tal vez esta es su forma de querer.

Cuando se inclina para besarla, vuelve a detenerse.

Esta situacion rarisima no es para escalarla mas - piensa.

La mira y aclara, serio, poniendo una frontera clara:

—Pero serán solo besos.

Nada más. Nada raro. Nada oculto.

—Sí —responde Kasha, con una pequeña sonrisa.

Y lo dice como quien acepta una condición lógica, no como quien hace una concesión.

El momento que sigue es sencillo, pero intenso. No hay torpeza, no hay prisas. Kasha es un encanto. No exagera, no se retrae, no actúa. Para Raúl, ella se siente auténtica, como alguien que no está jugando ningún papel.

Es, sin duda, la experiencia más exótica que ha tenido en su vida.

No porque sea misteriosa… sino porque no duda.

Más tarde salen al balcón. La ciudad se extiende frente a ellos, viva, ruidosa a lo lejos. Raúl la abraza desde atrás y luego giran uno hacia el otro. Se quedan mirándose, en silencio.

Raúl rompe el momento con una pregunta que lleva rato rondándole.

—Kasha… sé que es raro preguntar esto, pero… ¿qué edad tienes? Te ves menor que yo, pero siento que tienes mucho más.

Kasha ya ha respondido eso muchas veces.

—Tengo 22.

Lo dice sin esfuerzo. Es la edad que viene diciendo desde hace tres años.

—Bien —dice Raúl, asintiendo—. No te creo, piensa, pero dejémoslo ahí.

La mira de nuevo. Ya no ve solo a una chica bonita. Ve algo distinto. Exótico en mil sentidos. Y entiende que, aunque él esté guiando la coreografía, ella no está perdida en ella.

Decide no ser ni demasiado serio… ni un pendejo.

—¿Quieres ser mi novia?

Kasha no responde de inmediato.

No porque dude. Sino porque esto sí es un cambio de guion interesante.

Pero es coherente. Es una progresión normal. Da igual si ocurre en semanas, días o minutos. Ella ya había elegido a este chico. Esto solo formaliza algo que, para ella, ya estaba en curso.

—Sí —responde finalmente.

Y se la ve genuinamente contenta.

Raúl exhala, medio riéndose por dentro.

Pues así será. No estaba en mis planes ni remotamente… pero aquí estamos.

Elegir sin drama

Ese día duermen juntos. Dormir. Nada más.

Raúl no lo admite en voz alta, pero su instinto no se apaga del todo. La situación es demasiado nueva, demasiado fuera de libreto. En algún punto de la madrugada abre los ojos.

Y ahí está ella.

Los ojos de Kasha se abren al mismo tiempo.

—¡La puta madre…! —piensa Raúl, con el corazón dando un brinco absurdo.

—Hola —dice ella, tranquila, como si acabara de abrir los ojos en una siesta cualquiera.

Raúl se incorpora de golpe.

—Eh… voy al baño.

Se encierra un momento, se mira al espejo, respira. Contrólate. Vuelve a la cama.

Esta vez la abraza y ella se acomoda contra él con naturalidad. No hay rigidez, no hay duda. Empiezan a hablar en voz baja, de cosas sueltas, generales, sin peso. Hasta que el silencio se hace cómodo… y entonces Raúl va al punto.

—¿Por qué quieres esto? —pregunta.

No hay reproche. No hay presión. Solo curiosidad honesta.

Kasha lo mira directamente mientras responde. No esquiva. No adorna.

—Porque lo he visto me parece mas que suficiente. Esto ha sido lo mas… lo mejor?… no se como decirlo en español… pero no me habia sentido asi antes ni… ni desde que llegue aqui.

Raúl asiente. Asume lo evidente.

—¿De otro país?

Ella no corrige. Continúa.

—Te fijaste bastante en mí. Vi que realmente te gusto. Y no tengo razones para dudar de ti.

Raúl frunce apenas el ceño. No es la respuesta que esperaba según la cultura popular. No hay drama, no hay historia complicada, no hay heridas del pasado.

Es… directa.

Y en el fondo, le parece bien. Donde hay ventajas, no hay problemas.

Se queda callado un rato. La abraza un poco más fuerte. Ya le ha tomado cierto gusto a lo absurdo de la situación.

Entonces, casi como quien propone pedir comida o cambiar el colchón, dice:

—¿Quieres quedarte a vivir aquí?

Ni él mismo sabe de dónde salió la pregunta. Vive solo. El apartamento es suyo. Y, honestamente… ya nada de esto le parece normal, así que ¿por qué no?

—Sí —responde Kasha.

Raúl suelta una pequeña risa por lo bajo.

Ah… vaya, piensa. ¿Por qué no me sorprende?

Se quedan así, en silencio. La ciudad dormida afuera. Una decisión enorme tomada con una naturalidad que, para Raúl, sigue siendo desconcertante… y para Kasha, simplemente es exactamente lo que quiere.

La pregunta que faltaba

Antes de volver a dormirse, Raúl la mira.

No es una mirada de deseo ahora, ni de curiosidad inmediata. Es la mirada de alguien que, de golpe, repasa toda la noche como si fuera una película que no encaja del todo, pero que tampoco quiere apagar.

El patinaje inexplicable, la calma excesiva, las respuestas directas, la ausencia total de miedo.

Esto no es normal, piensa. Pero tampoco se siente mal.

Y entonces, en lugar de tranquilizarse… decide hundirse un poco más. O salir de dudas. Ya a estas alturas da igual.

—Oye… —dice en voz baja—. No eres de este planeta, ¿verdad?

Lo dice sin dramatismo. Sin acusación. Como quien pregunta si alguien es zurdo.

No se pierde nada, piensa. No hay peor diligencia que la que no se hace.

Kasha se sobresalta. Apenas, pero lo suficiente como para que Raúl lo note.

Por primera vez desde que la conoce, ella no tiene una respuesta inmediata.

¿Qué puedo decir ahora? piensa Kasha. Después de todo esto…

Su mente corre rápido. Demasiado rápido. No porque tema, sino porque no había contemplado este punto tan pronto. No así. No en este contexto.

Se queda inmóvil un instante, como si no supiera dónde meterse.

Raúl la observa. No insiste. Solo espera.

Al final, Kasha decide lo único que le hace sentido. Lo más simple. Lo más honesto.

—Sí.

Raúl la mira, esperando quizá una risa, un era broma, algo que desactive la frase.

No pasa.

Ella duda un segundo más… y como si entendiera que una palabra sola no basta, hace algo que no es normal.

Sus ojos brillan.

No es un destello fuerte ni espectacular. Es breve, contenido, como un reflejo que no debería existir. Ese dorado puro que él ya había notado antes ahora se enciende desde dentro, vivo, imposible de confundir con la luz de la habitación.

Raúl se queda inmóvil.

Kasha se da cuenta al instante de lo que ha hecho.

Se sonroja —de verdad—, baja la mirada y, casi en pánico, se tapa la cara con la sábana como si pudiera deshacer el momento escondiéndose.

Raúl abre un poco los ojos. No mucho. Solo lo suficiente para registrar que no era la respuesta, ni mucho menos la accion, que esperaba… pero que, de alguna forma extraña, ya estaba dentro del rango de posibilidades.

Se queda callado unos segundos mas.

Luego asiente lentamente.

—Eso explica muchas cosas.

No hay reproche. No hay pánico. No hay risa nerviosa.

Solo hace que todo encaje.

—Sí —responde ella.

Y con eso, algo se acomoda entre los dos.

Esa madrugada hablan. De verdad hablan.

Kasha cuenta cosas que llevaba mucho tiempo guardándose. No todas, no de golpe, pero las suficientes como para sentirse liviana. Habla de llegar a un lugar nuevo. De observar sin ser vista. De lo difícil que es pasar desapercibida sin aislarse del todo.

Raúl escucha. Pregunta poco. Asimila mucho.

No intenta entenderlo todo. Entiende lo suficiente.

Para Kasha, algo se desbloquea. Se siente… en casa. No porque el lugar lo sea, sino porque no tiene que ocultarse activamente. No esa noche. No con él.

Está contenta. Genuinamente contenta.

Jamás se esperó algo así. Ni por asomo.

Pero ahí estaba.

Y así, sin discursos épicos ni promesas grandilocuentes, empezó esa relación extraña y bella. En una madrugada silenciosa, donde dos mundos decidieron no hacerse demasiadas preguntas… y seguir hablando hasta que amaneciera.

Kasha recostada en la cama, mirando de lado en la penumbra, con los ojos brillando suavemente en tonos dorados.

A veces, la verdad no se dice. Solo se deja ver por un instante.