📖 Si ya lo leiste, deja una firma para “Evasna”

Banco junto a un lago iluminado por la luna en los jardines del palacio durante la noche.

Algunas noches duran toda una vida.

Cenicienta

Evasna era una chica de apariencia común, con una que otra cosa agradable a la vista.

Era bajita, pequeña incluso para los estándares de las demás damas de la ciudad. Mientras muchas crecían esbeltas y proporcionadas, Evasna parecía haberse quedado varios pasos atrás en altura. Aun así, su cuerpo conservaba una armonía propia, delicada y bien definida para su pequeño tamaño.

Tenía una nariz algo grande para su rostro, aunque sus ojos eran amplios y expresivos, de esos que podían hacer olvidar el resto de las facciones cuando se detenían en alguien. Si aquello compensaba lo otro o no, dependía enteramente de quién la estuviera mirando.

En conjunto no destacaba especialmente. No era una de esas jóvenes cuya belleza obligaba a girar la cabeza al entrar en una habitación. Tampoco era fea. Simplemente era Evasna.

Y quizá por eso mismo resultaba fácil pasarla por alto.

Sin embargo, aquello no significaba que fuera una muchacha vacía.

La mayor parte de sus días transcurrían entre tareas domésticas, limpieza, cocina, ropa y todo aquello que una casa respetable necesitaba para mantenerse en pie. Como rara vez se le permitía salir y tampoco tenía demasiadas compañías de su edad, había terminado encontrando refugio en los libros.

Y había leído.

Había leído todo lo que había podido encontrar.

Libros de historia, relatos de viajeros, viejas crónicas, tratados extraños, cuentos populares y más de una rareza cuya utilidad real era difícil de justificar. Al fin y al cabo, había que entretenerse en algo.

Y quién sabía.

Tal vez, entre todas aquellas páginas, se escondiera alguna idea capaz de sacarla algún día de aquella vida.

Una casa amplia y acogedora rodeada de jardines, hogar de Evasna y su familia.

Allí comenzaban y terminaban casi todos sus días.


Aquel año, el rey había decidido organizar una gran celebración para el príncipe.

La idea era sencilla en apariencia. Reunir a las jóvenes del reino y permitir que el príncipe encontrara esposa. La ejecución, sin embargo, había resultado bastante más complicada.

Entre jerarquías nobiliarias, compromisos políticos, amistades convenientes, favores pendientes y cierto desorden administrativo que parecía acompañar cualquier evento de gran tamaño, las invitaciones terminaron distribuyéndose de formas difíciles de explicar.

Una de ellas llegó a la residencia Kleins.

La invitación estaba dirigida a todas las damas de la casa.

La madrastra de Evasna había conservado buena parte de lo que perteneció a su difunto esposo. Había sabido administrar sus recursos, mantener relaciones útiles y moverse con suficiente habilidad como para conservar una posición respetable dentro de la ciudad. No pertenecía a la nobleza, pero tampoco era una mujer que pudiera considerarse común.

Por ello nadie cuestionó que la invitación llegara hasta allí.

Y, para sorpresa de nadie, las primeras en prepararse fueron sus dos hijas.

Evasna también estaba invitada, era, oficialmente, hija de Kleins.

El problema era que no tenía vestido.

Y, para desgracia de todos, tampoco había tiempo.

Su madrastra incluso llegó a lamentarlo. No especialmente por Evasna, sino porque aquella situación resultaba incómoda para todos. De haber existido tiempo suficiente, probablemente habría mandado a confeccionar algo para ella, aunque fuera de mala gana.

Pero no lo había.

Y la realidad era difícil de ignorar.

Evasna era considerablemente más baja que las demás jóvenes de la casa. Ninguno de los vestidos disponibles podía adaptarse a ella sin parecer ropa prestada a una niña.

Aquello terminó resolviendo el problema por sí solo.

La madrastra no era una mujer particularmente cruel. Sus esfuerzos, su atención y sus preocupaciones estaban dirigidos principalmente a sus propias hijas. Siempre había sido así.

Evasna recibía comida, techo, educación básica y un lugar dentro de la casa. Pero rara vez algo más.

La mujer parecía convencida de que el futuro de Evasna estaría en alguna vida sencilla y respetable. Tal vez junto a un herrero, un panadero o algún artesano trabajador. Nada indigno, simplemente diferente de las aspiraciones que reservaba para sus propias hijas.

Así que Evasna se quedó.

No porque tuviera que cocinar aquella noche. De hecho, en una celebración como aquella nadie regresaría a casa pensando en la cena.

No porque hubiera trabajo urgente que hacer.

Y tampoco porque estuviera castigada.

Simplemente se quedó porque las circunstancias parecían haber decidido por ella.

Ayudó a preparar a sus hermanas.

Buscó algún adorno extraviado.

Acomodó algunas prendas.

Escuchó instrucciones de última hora.

Y finalmente despidió a su madre y a sus hermanas cuando partieron hacia el palacio.

Tampoco sería para tanto, pensó.

Las festividades comenzaban temprano. Además, no todo giraba alrededor del príncipe. Habría otros pretendientes, otras familias y otras oportunidades.

Y quién sabía.

Tal vez su madrastra incluso regresara satisfecha de haber encontrado alguna nueva amistad conveniente, alguna futura alianza o alguna oportunidad beneficiosa para ella o para sus hijas.

Venesteres

Una vez que la casa quedó vacía, Evasna se encontró con algo poco habitual.

Tiempo.

Mucho tiempo.

Sin hermanas pidiendo ayuda.

Sin vestidos que acomodar.

Sin instrucciones de última hora.

Sin nadie vigilando qué hacía o dejaba de hacer.

Así que recogió algunas cosas, ordenó otras y terminó haciendo lo que hacía siempre que disponía de unas horas para sí misma.

Soñar despierta.

Mientras caminaba por la casa, su mirada se detenía constantemente sobre los libros.

Aquellos libros.

Los de historia.

Los de viajes.

Los de animales exóticos.

Los de costumbres extrañas.

Y aquellos otros.

Los absurdos.

Los de magia.

Los que aseguraban conocer secretos imposibles y mecanismos ocultos del mundo.

Evasna los había leído innumerables veces.

No porque creyera en ellos.

Al menos no especialmente.

Simplemente eran fascinantes.

Y aquella tarde, con la casa vacía y sin nada urgente que hacer, decidió recogerlos todos y volver a revisarlos.

Uno aquí.

Otro allá.

Notas en los márgenes.

Diagramas repetidos.

Símbolos que aparecían una y otra vez en distintos textos.

A medida que avanzaba, una idea comenzó a tomar forma.

Más por diversión que por convicción.

Más por curiosidad que por esperanza.

Si todos aquellos autores estaban locos, al menos parecían coincidir en algunas cosas.

Y si coincidían…

tal vez podía intentar construir algo coherente.

Aunque solo fuera por entretenerse.

Tomó una caja de tizas.

Luego una estaca.

Después una cuerda.

Y comenzó a trabajar sobre el suelo.

Primero el círculo exterior.

No iba a hacerlo torcido.

Si iba a perder la tarde con aquello, al menos quedaría bonito.

Clavó la estaca.

Sujetó la cuerda.

Y fue trazando una circunferencia sorprendentemente aceptable.

Luego otra.

Y otra más.

Algunos anillos parecían destinados a recoger energía.

Otros, según lo que había leído, permitían influir sobre seres vivos.

Había uno que, en teoría, debía encargarse de los objetos invocados.

Otro que parecía regular el flujo entre círculos.

Ninguno de los autores se ponía completamente de acuerdo, pero Evasna había desarrollado sus propias opiniones después de tantos años leyendo aquellas rarezas.

Cada cierto tiempo regresaba a un libro.

Tomaba una nota.

Añadía un símbolo.

Modificaba una línea.

Y continuaba.

En el anillo exterior decidió escribir cuatro palabras hacia los cuatro puntos cardinales, para asegurarse busco una vieja brujula de su padre.

Para el norte, Jidvus… Agua.

Para el sur, Cumowes… Viento.

Para el este, Nifope… Tierra.

Y para el oeste, Mob… Fuego.

Todos aquellos autores parecían sentir una extraña fascinación por aquel antiguo idioma.

Evasna lo reconocía vagamente de un libro de historia sobre antiguos pueblos del norte. No tenía relación alguna con la magia, pero, por algún motivo, casi todos los grimorios insistían en utilizarlo.

Supuso que a sus autores les resultaba mucho más misterioso escribir en una lengua olvidada que simplemente poner “agua”, “viento”, “tierra” y “fuego”.

Encogiéndose de hombros, decidió copiarlas también.

Cuando terminó, contempló la obra desde cierta distancia.

Era ridícula.

Y al mismo tiempo bastante impresionante.

—Bien… —murmuró—. Según mis exhaustivas investigaciones…

Se aclaró la garganta.

—…esto debería convertirme en una bella dama, ataviada con un hermoso vestido, unas maravillosas zapatillas de cristal y un cabello grandioso y sedoso.

Asintió para sí misma.

Le parecía una descripción perfectamente razonable.

Entonces tomó el último libro.

Aquel era probablemente el más extraño de todos.

Su portada decía:

Grimorio de Energía Astral. Consolidado Básico de Concéntricos Mágicos para la Canalización Energética.

Evasna siempre había sospechado que el autor estaba ligeramente trastornado.

Las sesenta y tres hojas del volumen estaban ocupadas casi por completo por un único círculo concéntrico.

Página tras página.

Siempre del mismo tamaño.

Siempre en la misma posición.

El texto se acumulaba arriba y abajo, como si el dibujo fuera más importante que cualquier explicación.

Las variaciones entre unas páginas y otras eran sutiles. Un símbolo añadido aquí, una línea desplazada allá, algún anillo extra o una modificación apenas perceptible.

Evasna había llegado a pensar que, si alguien cerraba el libro y pudiera ver a través de la cubierta, encontraría en su interior una especie de cilindro perfecto formado por decenas de círculos alineados unos sobre otros.

Sin embargo, cuanto más lo había leído, más le parecía que detrás de aquella locura existía algún tipo de lógica.

O al menos una lógica propia.

Recordaba especialmente una nota.

Decía que todo sistema requería el Medallón de Verner para iniciar el proceso, canalizando la energía a través de este.

Y que, de no disponer de él, existían métodos alternativos. Entre ellos, el uso de un recolector adecuado o, en último caso, el propio Libro de Venesteres.

Evasna nunca había entendido qué significaba exactamente aquello.

Ni qué era un Medallón de Verner.

Ni qué pretendía recolectar un recolector.

Pero si el propio Libro de Venesteres servía como alternativa, decidió asumir que ya tenía resuelto aquel problema.

Así que sostuvo el tomo en una mano.

Al fin y al cabo, aquel día le habría divertido igual tomar una maceta, una gallina o cualquier otra cosa absurda para completar la ceremonia.

Pero, incluso jugando, sostener un libro le hacía sentirse bastante más digna que algunas de las alternativas que había considerado.

Los propios libros, que tan poca cabeza parecían tener a veces, habían sugerido opciones considerablemente peores.


Se colocó en el centro del dibujo.

Abrió los brazos.

Y con toda la solemnidad que pudo reunir pronunció:

—¡Venesteres!

Durante un instante no ocurrió nada.

Y entonces el libro reaccionó.

No el círculo.

No la habitación.

El libro.

Un tenue resplandor apareció bajo la cubierta.

Primero débil.

Luego cada vez más intenso.

Evasna observó sorprendida cómo la luz atravesaba el cuero envejecido de la encuadernación.

Podía verlo.

Los círculos.

Todos aquellos círculos.

Brillando dentro del volumen.

Como si las páginas se hubieran vuelto transparentes.

Y entonces notó algo todavía más extraño.

Una corriente luminosa abandonaba su mano.

No era dolorosa.

Ni desagradable.

Simplemente estaba ahí.

Un flujo suave y constante que parecía deslizarse desde ella hacia el libro.

—¿Eh…?

La intensidad aumentó.

Y de repente el tomo escapó de sus dedos.

Flotó.

Evasna observa sorprendida cómo el antiguo tomo se eleva por sí solo sobre un círculo mágico dibujado en el suelo de la cocina.

El ritual comenzó por voluntad propia. El libro ya no necesitaba que nadie lo sostuviera.

Las páginas comenzaron a abrirse por sí solas.

Más.

Y más.

Hasta que el libro quedó completamente desplegado.

Las cubiertas terminaron enfrentadas entre sí.

Y las hojas quedaron suspendidas entre ambas a distancias perfectamente regulares.

Decenas de páginas.

Decenas de círculos.

Todos alineados.

Todos brillando.

Por primera vez Evasna comprendió lo que había estado observando durante años.

Aquello no era realmente un libro.

Era una máquina.

O algo muy parecido.

Los círculos formaban una especie de anillo luminoso suspendido en el aire.

Una corona de círculos de luz compuesta por decenas de capas superpuestas.

Las partículas brillantes que aparecieron en el aire se disparaban hacia el libro y atravesaban las páginas.

Saltaban de un círculo al siguiente.

Se multiplicaban.

Se reorganizaban.

Y finalmente eran proyectadas hacia el gran diseño trazado en el suelo.

Como si el artefacto estuviera tomando algo del ambiente.

Procesándolo.

Y devolviéndolo transformado.

La habitación se iluminó.

No como si alguien hubiera encendido una lámpara.

Ni como si hubiera entrado el sol por una ventana.

La luz pareció surgir del propio dibujo.

De las líneas.

De los símbolos.

De los espacios entre ellos.

Evasna dio un pequeño salto.

—No me digas que…

La claridad aumentó.

El aire pareció volverse más pesado.

Los contornos de los muebles comenzaron a desaparecer bajo aquel resplandor.

La muchacha levantó una mano para cubrirse los ojos.

—No, no, no… espera…

La luz siguió creciendo.

Brillaba entre sus dedos.

Brillaba detrás de sus párpados.

Brillaba incluso cuando cerró los ojos con fuerza.

Vista panorámica de la ciudad, desde la residencia de Evasna hasta el castillo real y sus jardines. Una intensa luz emerge de las ventanas inferiores de la casa.

Aquella tarde, algo extraordinario ocurrió en una casa perfectamente ordinaria.

Y entonces todo desapareció.

La luz desapareció tan rápido como había llegado.

El silencio regresó.

Evasna permaneció inmóvil unos instantes.

Luego abrió lentamente los ojos.

Parpadeó.

Miró el círculo.

Miró el libro.

Y volvió a mirar el libro.

Las cubiertas habían caído al suelo.

Las páginas se habían cerrado de golpe.

Y parte del borde de varias de ellas estaba ennegrecido.

No completamente quemado.

No destruido.

Pero sí claramente dañado.

Evasna se agachó y lo recogió con cuidado.

Lo abrió.

Las hojas seguían allí.

La mayor parte del contenido parecía intacto.

Sin embargo, algunas páginas mostraban manchas oscuras y zonas chamuscadas.

Otras habían tenido peor suerte.

En varios puntos los círculos se habían vuelto ilegibles.

Y un puñado de hojas presentaban agujeros ennegrecidos donde antes debía haber existido parte del dibujo.

Aquello resultaba bastante extraño.

Especialmente porque el resto del libro no parecía haberse calentado en absoluto.

Evasna pasó algunas páginas.

Luego otras.

Deteniéndose aquí y allá.

Observando los daños.

Pensando.

No entendía realmente qué había ocurrido.

Pero tenía la incómoda sensación de que aquello no era el tipo de cosa que se suponía que uno hiciera por diversión durante una tarde libre.

Tal vez el libro podía repararse.

Tal vez no.

Tal vez aquello era normal.

O tal vez acababa de tener una cantidad extraordinaria de suerte.

Evasna no tenía forma de saberlo.

Y, siendo completamente sincera consigo misma, tampoco estaba segura de querer averiguarlo en ese momento.

Así que dejó el tomo a un lado y corrió a buscar un reflejo donde observar el resultado.

Entonces lo vio.

Y se quedó mirando.

—Wao…

Aquello había funcionado.

Más o menos.

Tenía el cabello más suave y mejor arreglado.

Sus ojos parecían más grandes.

Su nariz estaba algo más perfilada.

Su piel lucía mejor.

Y el vestido era bastante bonito.

Era, sin duda, una versión mejorada de sí misma.

Una versión considerablemente mejorada.

Pero seguía siendo ella.

Seguía siendo igual de bajita.

Seguía teniendo exactamente la misma cara.

Y seguía pareciéndose sospechosamente a Evasna.

La muchacha inclinó la cabeza.

Observó su reflejo.

Volvió a observarlo.

Y finalmente concluyó:

—Vaya… ha funcionado… pero… ¿un tanto austero esto, no?

Inclinó la cabeza.

—Como esos vendedores que, cuando les pides una manzana, rebuscan en todo el saco para encontrar exactamente la más pequeña…

Permaneció unos segundos más examinando el resultado.

Y entonces algo mucho más importante captó su atención.

Tenía vestido.

—¡¡¡Tengo vestido!!!

La magia podía ser tacaña todo lo que quisiera.

Daba igual.

Aquella noche nadie tendría que contarle qué habían comido sus hermanas.

Porque iba a verlo ella misma.

Tomó las pocas monedas que tenía.

Se observó una última vez para asegurarse de que no hubiera nada extraño en ella.

Y salió a la calle.

Camino

Vio pasar el primer coche disponible y le hizo señas apresuradamente.

El cochero redujo la marcha, la observó apenas un instante y sonrió con aire de quien ya había visto aquella escena demasiadas veces durante el día.

Era un hombre ya mayor, de cabello gris y rostro curtido por años de sol, lluvia y caminos. Tenía esa expresión tranquila de quienes han pasado media vida observando a la gente ir y venir, celebrando sus alegrías y lamentando sus desgracias desde el asiento de un carruaje.

—Palacio, ¿verdad?

Evasna se quedó inmóvil.

—¿Cómo lo sabe?

El hombre soltó una breve carcajada.

—Porque llevo toda la tarde transportando jóvenes vestidas para impresionar a alguien en la fiesta de los jardines orientales.

Señaló su ropa con un gesto despreocupado.

—Y porque nadie corre así a esta hora para ir al mercado.

Luego arqueó una ceja.

—Aunque va usted un poco tarde, ¿no?

Evasna sintió cómo se le calentaban las mejillas.

—Ah…

—No se preocupe. Todavía llegará a tiempo para la cena.

El cochero señaló el interior del vehículo.

—Seis monedas de bronce hasta donde nos dejan pasar.

Evasna parpadeó.

Aquello estaba exactamente dentro de su presupuesto.

—Vaya… no soy la única hoy en ir así —pensó.

Y por una vez, aquello no le molestó.

Al contrario.

La hacía sentir un poco menos fuera de lugar.

—Trato hecho.

Subió al coche.

—Hoy todo parece estar saliendo bien —pensó mientras tomaba asiento.

Y así comenzó el trayecto hacia los jardines orientales del palacio, donde se celebraba la fiesta.

Ya debían rondar las seis.

Todavía llegaría a tiempo.

Al menos para la cena.

Y con algo de suerte también para los postres.

—Esa es la actitud —comentó el cochero desde delante, arrancándole una sonrisa—. Como mínimo, algo hay que sacarle a estas fiestas.

Evasna soltó una pequeña risa.

—Exacto.

El hombre asintió para sí mismo.

—Me alegra ver días como este.

Evasna levantó la vista.

—¿Sí?

—Claro. Cuando uno lleva tantos años recorriendo las calles, aprende a apreciar ciertas cosas.

Movió ligeramente las riendas.

—Ver a media ciudad preocupada por llegar a una fiesta, por elegir un vestido o por causar una buena impresión… puede parecer una tontería.

Miró hacia las calles iluminadas por el atardecer.

—Pero significa que las cosas marchan bien.

Su voz adquirió un tono más suave.

—He visto épocas peores. Años en los que la gente corría por motivos mucho menos agradables.

Guardó silencio un instante antes de sonreír.

—Así que no me molesta hacer estos viajes. Me recuerdan que el reino está pasando por buenos tiempos.

Evasna observó al anciano unos segundos.

Había algo de alegría en sus palabras.

Pero también cierta nostalgia.

Como si estuviera contemplando una escena familiar que había visto muchas veces a lo largo de su vida y que esperaba seguir viendo durante muchos años más.

Mientras el coche avanzaba, observaba la ciudad pasar al otro lado de la ventana.

Las calles.

Las personas.

Los comercios.

Los edificios.

Todo parecía distinto aquella tarde.

O quizá era ella quien se sentía distinta.

La emoción inicial comenzó a asentarse poco a poco.

Y cuando lo hizo, una sensación incómoda volvió a hacerse notar.

Aquel peso.

Aquella extraña pesadez.

La misma que había sentido poco después del hechizo.

Al principio había pensado que se debía al cansancio.

Después creyó que era consecuencia de la emoción.

Pero ahora ya no estaba tan segura.

Aquello seguía allí.

Y parecía hacerse más evidente cuanto más se calmaba.

—Qué raro…

Se acomodó en el asiento.

Intentó ignorarlo.

No funcionó.

—Me cuesta hasta un poco respirar…

No era dolor.

Ni tampoco una enfermedad conocida.

Era simplemente una sensación extraña.

Como si llevara encima algo que no podía ver.

Entonces cerró los ojos.

Y fue ahí cuando lo notó.

El resplandor.

Débil.

Difuso.

Pero presente.

Abrió los ojos de golpe.

Luego volvió a cerrarlos.

Seguía allí.

—Eso no tiene sentido…

Miró por la ventana.

El sol ya descendía.

Y además se encontraba dentro de un coche.

—Entendería si estuviera mirando directamente al sol…

Se cubrió los ojos con ambas manos.

La claridad seguía allí.

Persistente.

Inexplicable.

—…pero sigue estando ahí.

Una pequeña inquietud comenzó a abrirse paso entre la emoción.

Aquello no podía ser normal.

Se llevó una mano a la frente.

Intentando ordenar sus pensamientos.

Volvió a cerrar los ojos.

Esta vez sin intentar analizar nada.

Solo para descansar un momento.

El traqueteo constante del coche.

El asiento acolchado.

El cansancio acumulado de todo el día.

Durante unos segundos sintió cómo su cuerpo comenzaba a relajarse.

Demasiado.

Como si estuviera al borde de quedarse dormida.

O de desmayarse.

Su corazón dio un pequeño vuelco.

Abrió los ojos de inmediato.

—Oh, Dios…

Se incorporó un poco en el asiento.

—Tengo que tratar de no relajarme demasiado bajo ninguna circunstancia.

Aquello no era normal.

No después de un simple hechizo.

No después de unas pocas horas.

Y desde luego no mientras seguía viendo aquel extraño resplandor incluso con los ojos cerrados.

Guardó silencio unos instantes.

—Espero que esto no sea culpa del hechizo.

La idea le produjo un escalofrío.

Por primera vez desde que había pronunciado aquella palabra absurda, comenzó a plantearse una posibilidad incómoda.

Tal vez había hecho algo que no debía.

Tal vez había tenido mucha más suerte de la que imaginaba.

Y tal vez ambas cosas fueran ciertas al mismo tiempo.

La preocupación comenzó a crecer.

Pero justo en ese momento el coche se detuvo.

—Llegamos —anunció el cochero.

Evasna miró hacia delante.

El palacio estaba prácticamente allí.

Podía distinguir con claridad los jardines iluminados y parte de la entrada principal.

Frunció el ceño.

—Pero… aún falta un tramo.

El hombre sonrió.

—Por eso mismo. Puede llegar sin problemas caminando.

Señaló el camino que continuaba unos metros más adelante.

—Un carruaje no oficial no puede acercarse tanto durante una fiesta como esta.

Luego dio unas palmaditas cariñosas al costado del vehículo.

—Y menos uno tirado por un caballo tan flaco como este.

El caballo resopló como si hubiera entendido la ofensa.

Evasna no pudo evitar sonreír.

—Supongo que tiene razón.

Descendió del coche.

Pagó las seis monedas.

—Gracias.

—Que disfrute la fiesta, señorita.

Evasna asintió y dio unos pasos hacia el camino que conducía a los jardines.

Sin embargo, antes de alejarse demasiado, volvió la vista hacia el palacio.

Las luces.

La música lejana.

La multitud que entraba y salía.

Y aquella extraña sensación que seguía pesando sobre ella.

El resplandor.

La dificultad para relajarse.

La impresión de que algo no terminaba de estar bien.

Debió de reflejarse en su rostro, porque el cochero la observó un instante y sonrió con amabilidad.

—No se preocupe, mi niña.

Evasna lo miró.

—¿Eh?

—Ya he traído a otras hoy que llegaron igual de nerviosas que usted. Algunas incluso parecían a punto de darse la vuelta y regresar a casa.

Se encogió de hombros.

—Y todas entraron por su propio pie. Los guardias las dejaron pasar sin problemas.

Luego señaló los jardines iluminados.

—Así que vaya con confianza.

Hizo una breve pausa y contempló las luces del palacio con una expresión extrañamente cálida.

—Además, sería una pena desperdiciar una noche como esta. No todos los días puede uno ver al reino tan lleno de vida.

Evasna permaneció unos segundos en silencio.

Quizá el hombre había interpretado mal su preocupación.

Pero aun así, aquellas palabras lograron aliviarla un poco.

Sonrió.

—Lo intentaré.

El cochero le devolvió la sonrisa.

—Esa es la actitud.

Evasna se despidió con un gesto y continuó caminando hacia los jardines del palacio.

Donde terminaban las páginas

Evasna llegó con cierta timidez a la entrada de los inmensos jardines del palacio.

Las antorchas comenzaban a encenderse.

Guardias uniformados permanecían apostados a ambos lados del acceso mientras varios funcionarios se ocupaban de recibir a los invitados.

Evasna se acercó.

Ellos la miraron.

Ella los miró.

Y durante unos segundos nadie hizo nada.

—¿Y ahora qué se supone que debo hacer? —pensó.

Saludó educadamente.

Los guardias le devolvieron el saludo.

Aquello no ayudó demasiado.

No tenía ninguna intención de avanzar sin estar segura.

Recordaba vagamente toda clase de protocolos extraños sobre la nobleza.

Algunos provenientes de libros.

Otros de historias escuchadas en el mercado.

Y unos cuantos de los interminables comentarios de sus hermanas.

Probablemente la mitad fueran falsos.

Pero la otra mitad podía causarle problemas.

Y Evasna prefería evitar los problemas.

Entonces recordó algo.

—¡La invitación!

La sacó apresuradamente de su bolso.

La mostró.

Uno de los funcionarios la examinó.

Asintió.

Y le indicó amablemente que podía pasar.

Evasna soltó el aire que llevaba reteniendo varios segundos.

—Ay, Dios… qué miedo me ha dado todo esto…

Y por fin cruzó la entrada.

Lo primero que vio la dejó inmóvil.

—Wao…

La palabra escapó de sus labios casi sin darse cuenta.

Aquello era mucho más impresionante de lo que había imaginado.

Mucho más.

Había leído descripciones.

Había escuchado historias.

Había oído hablar de aquellos jardines durante años.

Nada la había preparado para verlos.

—Mis hermanas jamás habían venido aquí…

Observó el paisaje.

Las flores.

Los senderos.

Las columnas decorativas.

Las estatuas.

Los pequeños pabellones repartidos entre la vegetación.

El gran lago reflejando los últimos tonos del atardecer.

—Hubieran llegado como gallinitas alteradas cacareando todo el día.

Y, pensándolo mejor, probablemente con razón.

Incluso su madre habría tenido dificultades para ignorar algo así, aun siendo tan práctica y centrada como era.

Normalmente no prestaba demasiada atención a esa clase de detalles.

Pero aquello era demasiado impresionante para pasarlo por alto.

Evasna, por el contrario, parecía haber olvidado por completo la existencia de la fiesta.

Seguía caminando.

Observando.

Absorbiéndolo todo.

El sol aún no terminaba de ocultarse.

Quedaba suficiente luz para apreciar los colores de las flores y el inmenso trabajo que había detrás de todo aquello.

Y precisamente eso fue lo siguiente que llamó su atención.

—Mantener esto debe de ser una locura…

Aquella idea la fascinó casi tanto como el jardín.

Ella misma había cuidado durante años el pequeño jardín de la residencia Kleins.

Sabía perfectamente el trabajo que requerían unas pocas plantas.

Aquello era otra escala completamente distinta.

—O magia…

La idea apareció de forma natural.

Y, después de lo ocurrido aquella tarde, le resultó mucho más razonable de lo que le habría parecido unas horas antes.

—No entiendo cómo logran algo así…

Continuó caminando.

Intentando calcular cuántas personas harían falta.

Cuánto costaría.

Cómo se organizarían.

Y si existiría algún responsable que supervisara semejante cantidad de trabajo.

Mientras tanto, el jardín seguía desplegándose ante ella.

Y entonces vio las aves.

Grandes.

Elegantes.

De largos cuellos blancos.

Deslizándose tranquilamente sobre la superficie del lago.

Evasna las observó unos segundos.

—¿Se comerán eso?

La pregunta le pareció razonable.

Nadie estaba allí para responderla.

Y ella continuó avanzando.

Tan absorta en todo lo que la rodeaba que ni siquiera reparó en la multitud.

Ni en los grupos de invitados.

Ni en las conversaciones.

Ni siquiera en el hecho de haber pasado cerca de su propia madre y de sus hermanas sin reconocerlas.

Y ellas tampoco la reconocieron a ella.

Más por lo improbable de la situación que por falta de parecido.

La tarde fue cediendo lentamente su lugar a la noche.

Las antorchas comenzaron a destacar entre los senderos.

El lago se volvió más oscuro.

Y los jardines adquirieron una belleza distinta.

Más tranquila.

Más serena.

Finalmente Evasna encontró un banco junto al agua.

Y decidió concederse unos minutos para disfrutar del momento.

Se sentó.

Respiró profundamente.

Y cerró los ojos.

Durante unos segundos logró olvidarse de todo.

Del viaje.

De la fiesta.

De sus hermanas.

Del vestido.

De todo.

Entonces volvió a notarlo.

El resplandor.

Y aquella pesada sensación.

—Este resplandor me está arruinando un poco el momento…

Se acomodó en el banco.

Intentando relajarse.

Sin éxito.

El cansancio regresó casi de inmediato.

Y junto a él aquella incómoda sensación de peso.

Como si algo invisible continuara apoyándose sobre ella.

Al menos el resplandor tenía un efecto inesperado.

Por molesto que fuera, le impedía relajarse por completo.

Y en ese momento eso quizá era algo bueno.

Porque cada vez que el cansancio volvía a arrastrarla hacia el sueño, aquella incómoda sensación la mantenía apenas consciente.

Lo suficiente para no abandonarse del todo.

Lo suficiente para no descubrir qué ocurriría si se quedaba dormida en aquellas circunstancias.

Y, sinceramente, Evasna no estaba segura de querer averiguarlo.

La dama de los libros

Pasado un tiempo, Evasna comenzó a notar que las personas parecían dirigirse todas hacia un mismo lugar.

Así que hizo lo que llevaba haciendo toda la tarde.

Seguir la corriente.

Y fue entonces cuando lo vio.

El gran salón de baile del palacio.

La enorme construcción se alzaba iluminada por cientos de luces.

Las puertas permanecían abiertas de par en par.

Y un flujo constante de invitados entraba y salía entre conversaciones, risas y música distante.

Evasna avanzó junto a los demás.

Atravesó las puertas.

Y levantó la vista.

Durante unos segundos estuvo peligrosamente cerca de quedarse mirando el techo con la boca abierta.

Por suerte logró darse cuenta a tiempo.

La cerró apresuradamente.

Intentó adoptar una expresión razonablemente digna.

Y continuó caminando.

No era la única impresionada.

Lo había notado.

Pero eso no significaba que quisiera unirse al grupo.

Observó discretamente a las demás personas.

Cómo caminaban.

Cómo sostenían los cubiertos.

Cómo hablaban.

Cómo recibían los platos.

Y, siguiendo su ejemplo, comenzó a servirse algunas cosas.

El problema apareció casi de inmediato.

Había demasiada comida.

Muchísima.

Evasna observó las mesas.

Luego otras mesas.

Y después algunas más.

Cada una parecía contener algo diferente.

Algo delicioso.

Algo que quería probar.

—Padres míos que me cuidan donde estén… ayúdenme a elegir la mejor de las opciones.

La plegaria le pareció perfectamente razonable dadas las circunstancias.

Y procedió a realizar una investigación exhaustiva.

Probó un plato.

Luego otro.

Y después uno más.

Algunos le gustaron mucho.

Otros simplemente le gustaron.

Y hubo uno que decidió recordar durante el resto de su vida.

Cuando finalmente se detuvo, se encontraba plenamente satisfecha.

Aquello ya había valido la pena.

De hecho, si en aquel mismo instante alguien hubiera anunciado que la celebración había terminado y que todos debían regresar a sus casas, Evasna habría considerado la noche un éxito rotundo.

Había visto los jardines.

Había asistido al banquete.

Había comido como jamás había imaginado.

¿Qué más podía pedir?

Pero resultó que aquello era solo la cena.

Mientras Evasna se encontraba completamente absorta en sus descubrimientos gastronómicos, ocurría algo que ella no percibía.

El mundo se estaba fijando en ella mucho más de lo que ella se estaba fijando en el mundo.

Porque, a diferencia de muchas de las jóvenes presentes, Evasna había pasado años enteros viviendo una vida peculiar.

Había fregado pisos.

Había lavado ropa.

Había cocinado.

Había limpiado.

Y mientras hacía todo aquello…

soñaba.

Soñaba constantemente.

Con los libros.

Con las historias.

Con los relatos de nobles y caballeros.

Con los protocolos.

Con los banquetes.

Con las damas elegantes.

Con la forma correcta de recibir un plato.

Con la manera adecuada de agradecer un servicio.

Con las pausas entre cada bocado.

Con las conversaciones refinadas.

Con todo aquello que nunca había vivido.

Su imaginación había pasado años construyendo aquellas escenas.

Uniendo piezas.

Observando detalles.

Completando huecos.

Y sin darse cuenta, había terminado aprendiendo algo de todo ello.

No de forma perfecta.

No como una noble auténtica.

Pero sí de una manera sorprendentemente natural.

Por eso, mientras muchas personas intentaban parecer elegantes…

Evasna simplemente disfrutaba.

Y eso producía una impresión inesperada.

Había algo dulce en ella.

Algo tranquilo.

Algo sincero.

Algo que no parecía ensayado.

Y precisamente por eso llamaba la atención.

Ni siquiera la servidumbre permanecía completamente inmune.

Algunos sirvientes sonreían cuando la veían acercarse.

Otros reaccionaban instintivamente con la misma cortesía que habrían mostrado hacia una invitada de una gran casa noble.

Aquello tenía una explicación mucho más sencilla de la que cualquiera de ellos imaginaba.

Evasna conocía aquella clase de trabajo.

Había limpiado.

Había cocinado.

Había servido.

Y durante años había convivido más con personas que realizaban aquellas tareas que con cualquier noble.

Por eso hablaba con naturalidad.

Por eso daba las gracias.

Por eso procuraba no complicar innecesariamente el trabajo de nadie.

No era una demostración de virtud.

Ni una estrategia social.

Ni una enseñanza refinada recibida en alguna corte extranjera.

Simplemente le parecía lo correcto.

Sin embargo, pocas personas allí tenían forma de saberlo.

Y vistas desde fuera, aquellas pequeñas muestras de consideración producían una impresión muy distinta.

La impresión de alguien acostumbrado a ocupar una posición tan alta que podía permitirse tratar bien a quienes la servían sin sentir amenazada su dignidad.

Una interpretación que habría sorprendido enormemente a Evasna.

De haber sabido que existía.

Nadie sabía exactamente quién era.

Pero parecía pertenecer allí.

Como si hubiera salido directamente de alguno de aquellos libros que tanto había leído.

Y no eran solo los sirvientes quienes pensaban algo parecido.

Aquella impresión surgió aquí y allá entre los invitados.

De manera discreta.

Local.

Como un rumor que todavía no era rumor.

Algunas personas llegaron a preguntarse si pertenecía a alguna casa noble lejana.

O si era una princesa de otro reino.

No porque la reconocieran.

Precisamente porque no lo hacían.

Y aun así había algo en ella que resultaba difícil de ignorar.

El peso de su presencia era evidente.

No imponía.

No buscaba destacar.

No parecía estar calculando alianzas.

Ni intentando atraer miradas.

Ni compitiendo con nadie.

Era casi como si alguien le hubiera dicho simplemente:

“Ve.”

Y ella hubiera obedecido.

Llegando al palacio con la única intención de disfrutar de la fiesta.

Sin planes ocultos.

Sin ambiciones visibles.

Sin la tensión que podía percibirse en algunas de las jóvenes presentes.

Aquellas miradas cuidadosas.

Aquellas sonrisas medidas.

Aquellas conversaciones que parecían tener más estrategia que interés.

Evasna no mostraba nada de eso.

Y precisamente por eso destacaba.

Era un contraste extraño.

Uno que varios notaron sin comprender del todo.

Porque mientras algunos comenzaban a preguntarse quién era aquella muchacha…

otros empezaban a preguntarse algo diferente.

¿Qué hacía allí?

¿Pertenecía realmente a aquel lugar?

¿O se había confundido de evento?

Las respuestas variaban según quién las formulara.

Pero la pregunta permanecía.

Y mientras todo aquello ocurría a su alrededor…

Evasna seguía ocupada evaluando si debía repetir aquel pastel de frutas que había probado unos minutos antes.

Aquello era otra fiesta

El banquete desapareció con una eficacia que dejó impresionada a Evasna.

No porque fuera lento.

Sino porque fue rápido.

Extraordinariamente rápido.

Un momento antes había mesas.

Comida.

Platos.

Sirvientes entrando y saliendo.

Y al siguiente parecía que nada de aquello hubiera existido jamás.

Las cortinas se movieron.

Los sirvientes aparecieron de todas partes.

Las mesas desaparecieron.

Las luces cambiaron.

Y cuando Evasna vino a darse cuenta, el salón era otro.

Completamente distinto.

Los músicos comenzaron a tocar.

La música se extendió por toda la estancia.

Y la zona central quedó iluminada de una forma mucho más evidente que el resto.

Algunas parejas comenzaron a ocupar el espacio casi de inmediato.

Otras se formaron allí mismo.

Caballeros ofreciendo invitaciones.

Damas aceptando.

Damas rechazando.

Caballeros fingiendo que aquello no les afectaba.

Y otros que claramente no lo conseguían.

El ambiente se volvió mucho más animado.

Mucho más ruidoso.

Mucho más vivo.

Evasna observó todo aquello durante varios minutos.

—Como me inviten a bailar, será otro rechazo.

La conclusión le parecía perfectamente razonable.

Jamás había bailado aquello.

Al menos no de verdad.

Y no.

No pensaba aprenderlo observando durante cinco minutos.

Tampoco aceptaría que alguien intentara enseñárselo allí mismo.

No.

No.

Definitivamente no.

Mientras observaba el movimiento general, una segunda cuestión comenzó a llamar su atención.

Había más personas.

Muchas más.

Al principio pensó que era una impresión equivocada.

Pero cuanto más observaba, más evidente resultaba.

No eran unas pocas personas adicionales.

Era casi el doble.

—Pero… ¿qué pasó aquí?

Miró a un lado.

Luego al otro.

Y después volvió a mirar.

Porque estaba bastante segura de que toda aquella gente no había estado allí durante la cena.

Algunos sí.

Ahora que lo pensaba, varios nobles habían permanecido en el salón desde el principio.

Pero la mayoría de los recién llegados tenían algo en común.

Vestían mejor.

Se movían con más confianza.

Y parecían conocerse entre ellos.

—¿Tenían otro evento en alguna parte del palacio?

La teoría comenzó a tomar forma.

De hecho, cuanto más observaba, más sentido tenía.

Probablemente había habido una reunión separada.

Tal vez incluso un banquete separado.

Y ahora ambas celebraciones se habían unido.

Eso explicaría por qué de repente habían aparecido tantos caballeros que no recordaba haber visto antes.

Y tantas jóvenes que claramente pertenecían a familias importantes.

—Tal vez prefirieron quedarse entre nobles hasta esta parte…

Murmuró para sí.

Aquello parecía razonable.

Después de todo, aunque el motivo oficial de la celebración fuera el príncipe, nadie parecía comportarse como si él fuera el único objetivo de la noche.

De hecho, cuanto más observaba, más evidente resultaba otra cosa.

Aquello era una reunión para buscar parejas.

No solo para el heredero.

Para todos.

O al menos para todos los que tuvieran edad adecuada.

La idea hizo que recordara algo que había leído en uno de sus libros.

—La ley prohíbe los matrimonios entre personas emparentadas hasta el octavo nivel…

Reflexionó.

Miró nuevamente el salón.

Y asintió para sí misma.

—Debe de ser por eso.

No entendía exactamente el motivo original.

Nadie parecía explicarlo con claridad en los textos.

Solo que generaciones atrás la Corona había convertido aquella norma en una de las leyes más estrictas del reino.

Y que romperla era extremadamente difícil incluso para la nobleza.

Los libros hablaban de antiguas disputas familiares.

De problemas hereditarios.

De linajes que se habían debilitado por casarse siempre entre los mismos grupos.

Y desde entonces la regla se había mantenido.

Así que tenía sentido.

Si las familias nobles pasaban generaciones relacionándose entre ellas, tarde o temprano necesitarían ampliar el círculo.

Conocer gente nueva.

Encontrar parejas adecuadas.

Y para eso servían eventos como aquel.

—Sí. Debe ser algo así.

Era la mejor explicación que tenía.

Evasna continuó caminando.

Observando.

Escuchando fragmentos de conversaciones.

Mirando los grupos que se formaban y se deshacían.

Las sonrisas.

Los saludos.

Las invitaciones.

Las negativas.

Aquello era fascinante.

Como observar una especie de mecanismo enorme funcionando delante de ella.

Y cuanto más observaba, más comprendía una cosa.

Aquello era otra fiesta.

Completamente distinta de la anterior.

Durante la cena las personas habían disfrutado.

Ahora parecían estar persiguiendo algo.

No sabía exactamente qué.

Pero estaba bastante segura de que existía.

Había muchas damas realmente hermosas.

Vestidos impresionantes.

Peinados elaborados.

Joyas.

Sonrisas.

Conversaciones perfectamente medidas.

Evasna las observó con admiración sincera.

—Elevo al cielo mi plegaria de bienestar al rey por darnos esta oportunidad a las demás.

Y lo pensaba de verdad.

Porque aquello era casi tan impresionante como los jardines.

Volvió a fijarse en algunas de las jóvenes presentes.

En sus manos.

En la piel.

En los movimientos.

Y llegó a una conclusión firme.

—Esas manos jamás han fregado una tela.

Ni una sola vez.

Nadie la convencería de lo contrario.

Después decidió cambiar de tema.

Aquello empezaba a resultar injusto.

Y volvió su atención hacia los caballeros.

—Son bastante elegantes…

Observó algunos.

Luego otros.

Y después unos cuantos más.

—Aunque creo que estoy sesgada.

La confesión le arrancó una pequeña sonrisa.

Porque si era completamente sincera consigo misma…

seguía encontrando más llamativos a los hombres que trabajaban en el campo.

O en talleres.

O realizando algún oficio.

Aunque tampoco estaba segura de querer admitir aquello en voz alta.

Entonces volvió a aparecer aquella sensación incómoda.

Aquella vieja molestia.

Aquella reflexión que nunca terminaba de desaparecer.

Porque conocía lo dura que podía ser esa vida.

Y conocía también el precio que a veces exigía.

—Tengo sentimientos encontrados…

Pensó durante unos segundos.

Luego negó suavemente con la cabeza.

—No. Este no es momento para eso.

Y siguió caminando.

Tan distraída estaba con sus propios pensamientos que apenas se dio cuenta cuando una joven tropezó con ella.

Por suerte ninguna de las dos terminó en el suelo.

—Esto es un insulto.

Pensó mientras continuaba avanzando.

—Tampoco soy tan pequeña como para que no me vean.

La idea la acompañó apenas unos segundos antes de perderse de nuevo entre el ruido del salón.

Mientras la música continuaba.

Mientras los bailes seguían.

Mientras el murmullo llenaba el salón.

Y mientras, poco a poco, comenzaba a comprender que aquella noche todavía estaba muy lejos de terminar.

Torcer la Verdad

Evasna continuó caminando entre los grupos que se formaban y se deshacían por todo el salón.

Fue entonces cuando llegó cerca de una reunión particularmente animada.

Varias jóvenes observaban lo que allí ocurría.

Y un grupo de caballeros conversaba entre sí mientras las incluían constantemente en la charla.

O, más exactamente, las inmiscuyían en ella.

Aquel grupo tenía algo distinto.

Algo peculiar.

No tardó en descubrir qué era.

Aquellos jóvenes estaban compitiendo.

No de forma abierta.

Ni grosera.

Ni siquiera especialmente evidente.

Pero competían.

Contaban historias.

Relataban anécdotas.

Hablaban de viajes.

De personas.

De lugares.

De acontecimientos.

Y cada intervención parecía buscar exactamente lo mismo.

Quedar por encima de la anterior.

Evasna observó aquello con creciente interés.

Porque resultaba bastante entretenido.

Y fue entonces cuando reparó en uno de ellos.

Un joven de apariencia robusta.

Con brazos y manos que dejaban claro que, fuera cual fuese su posición social, estaba acostumbrado a utilizarlos.

Vestía con elegancia.

Hablaba con educación.

Y se movía con la naturalidad de quien estaba completamente cómodo en aquel entorno.

Sin embargo había algo más.

Algo difícil de describir.

Una actitud ligeramente cortante.

No desagradable.

No arrogante.

Pero sí afilada.

Le estaba costando a los demás sobresalir por encima de él.

Y lo peor era que parecía disfrutarlo.

Evasna observó cómo respondía a unos y otros.

Cómo guiaba las conversaciones.

Cómo desviaba algunos temas.

Cómo aprovechaba otros.

Las damas parecían fascinadas.

Los demás caballeros intentaban seguirle el ritmo.

Y, poco a poco, se hacía evidente que era él quien se estaba ganando a aquel pequeño público.

Aquello llamó la atención de Evasna de inmediato.

De hecho, era la primera persona concreta que llamaba su atención desde que había llegado al palacio.

Así que decidió quedarse a observar.

Quería ver de qué iba todo aquello.

Permaneció allí escuchando.

Mirando los intercambios.

Los gestos.

Las respuestas.

Los ademanes.

Las historias.

Y poco a poco comenzó a percibir algo.

Algo enorme.

Algo que parecía explicar por qué aquel joven sobresalía por encima de los demás.

Por qué las damas lo observaban con tanto interés.

Por qué conseguía imponerse una y otra vez en la conversación.

Y entonces, de golpe, todo encajó.

Evasna sintió una revelación tan repentina que casi le dio risa.

Era tan evidente que ahora le parecía imposible no haberlo visto antes.

—¡Es un charlatán! —pensó.

Evasna se quedó observando.

Completamente anonadada por aquel caballero.

Aunque, para ser justos, probablemente no por las razones que los demás habrían imaginado.

Escuchó una historia.

Luego otra.

Y después una más.

Observó cómo respondía a los demás.

Cómo retomaba los temas.

Cómo los conducía exactamente hacia donde quería.

Y cuanto más escuchaba, más convencida se sentía de su reciente descubrimiento.

Sin embargo, intentó darse una oportunidad de estar equivocada.

Tal vez estaba interpretando mal las cosas.

Tal vez recordaba mal lo que había leído.

Tal vez aquellos libros no eran tan fiables como ella había creído durante años.

Era una posibilidad perfectamente razonable.

Así que decidió prestar todavía más atención.

Con auténtico esfuerzo.

Buscando algún error en su teoría.

Alguna explicación alternativa.

Alguna prueba de que aquel hombre no era exactamente lo que parecía.

Por desgracia para ella, aquello estaba produciendo el efecto contrario.

Cada nueva historia.

Cada nueva anécdota.

Cada nuevo relato.

Solo fortalecía sus sospechas.

Hasta que ocurrió.

Una de aquellas afirmaciones fue tan extraordinaria que Evasna no consiguió prepararse a tiempo.

La expresión apareció en su rostro antes de que pudiera detenerla.

Una expresión muy concreta.

Una mezcla de incredulidad.

Asombro.

Y diversión.

Una expresión que decía con absoluta claridad:

—¿Cómo puede alguien mentir tanto en una sola vida?

Por suerte era una expresión breve.

Y probablemente la mayoría de las personas presentes ni siquiera la habrían notado.

Por desgracia para Evasna, la persona menos indicada para ignorarla la tenía justo delante.

El joven levantó la vista.

Y durante un instante sus ojos se cruzaron.

Solo un instante.

Lo suficiente.

Evasna reaccionó de inmediato.

Giró la cabeza.

Observó una lámpara.

Luego una columna.

Después una cortina.

Cualquier cosa.

Lo que fuera.

Menos a él.

Porque había leído muchísimo.

Muchísimo.

Y en aquel momento solo veía dos posibilidades.

O los libros estaban tremendamente equivocados.

O aquel hombre era un auténtico experto en torcer los hechos sin llegar a romperlos.

Entonces las cosas siguieron.

Y Evasna siguió observando.

El problema era que ahora ya no podía dejar de verlo.

Una vez que había llegado a aquella conclusión, cada nueva historia parecía confirmarla.

Cada relato.

Cada anécdota.

Cada hazaña.

Todo sonaba ligeramente mejor de lo que probablemente había sido en realidad.

No mucho.

Lo justo.

Lo suficiente para resultar más interesante.

Y aquello, por alguna razón, le hacía una gracia terrible.

Por suerte para ella, algunos de los jóvenes continuaban incluyendo a otras personas en la conversación.

Y eventualmente también la incluyeron a ella.

No porque estuvieran especialmente interesados en Evasna.

Simplemente porque era lo educado.

—Me contó un comerciante de Festa que ya no pueden traer más pavos.

—¿De verdad? —preguntó una de las muchachas.

—Eso dicen.

Evasna, sin pensar demasiado, comentó:

—Entonces el reino de Marel debe haber cerrado el paso por la ruta sur.

Varias personas la miraron.

Ella continuó con naturalidad.

—Y si ya no pueden utilizar la ruta corta, los pavos no soportarían el viaje largo por las montañas cuando llegue la nieve. Eso probablemente significa que el viejo puente de Reis terminó cayendo al fin.

Se encogió ligeramente de hombros.

—Era lo natural. Ya tenía más de ciento veinte años. Llevaban décadas hablando de restaurarlo, pero como quedó en la zona muerta entre las tres naciones, nadie quiso hacerse cargo. Así que tarde o temprano tenía que caer.

Y la conversación continuó.

O al menos continuó para casi todos.

Porque Tores sintió un pequeño escalofrío.

No por la conclusión.

Sino porque aquellas palabras despertaron un recuerdo que tenía casi olvidado.

Meses atrás había estado sentado a la mesa, absorto en sus propios pensamientos, mientras su padre conversaba con uno de los mercaderes que había invitado a la casa.

No había prestado demasiada atención.

Solo recordaba fragmentos sueltos.

El nombre de un puente.

Alguna discusión sobre rutas comerciales.

Y algo relacionado con pavos.

En aquel momento había supuesto que era una de esas curiosidades que interesaban a los nobles que administraban tierras y a los mercaderes que recorrían medio continente.

Nada que le pareciera especialmente importante.

Tanto que apenas lo había escuchado.

Y, sin embargo, ahora aquella muchacha acababa de mencionar el puente.

Y los pavos.

Y de repente comprendió de qué habían estado hablando.

Tores se quedó mirándola.

¿De dónde demonios era aquella chica?

A partir de ese momento comenzó a prestarle mucha más atención.

Lo cual resultó ser un problema.

Porque Evasna seguía reaccionando.

Y ahora él empezaba a darse cuenta.

No eran grandes gestos.

No eran interrupciones.

Ni correcciones.

Ni desacuerdos.

Simplemente pequeñas cosas.

Una mirada.

Una expresión.

Un intento repentino de observar una lámpara extremadamente interesante.

O una columna.

O una cortina.

Cualquier cosa menos a él.

Y cuanto más lo notaba Tores, más difícil le resultaba ignorarlo.

Porque ya estaba completamente convencido de que aquella muchacha sabía exactamente de qué estaba hablando.

Y peor aún.

Empezaba a sospechar que también sabía exactamente lo que él estaba haciendo.

Lo cual convirtió el resto de la conversación en una experiencia cada vez más complicada para ambos.

Las historias seguían impresionando al resto del grupo.

Pero no a Evasna.

Y eso comenzaba a afectar peligrosamente a Tores.

Hasta que finalmente ocurrió.

Una nueva historia comenzó.

Luego una exageración.

Después otra.

Y finalmente una tan descarada que Evasna tuvo que llevarse una mano a la boca.

Los ojos ya se le habían puesto vidriosos.

Y antes de conseguir controlarse se le escapó una pequeña risa.

Muy pequeña.

Pero suficiente.

Tores la escuchó.

La miró.

Y la expresión que apareció en su rostro fue tan breve como involuntaria.

Evasna la vio.

Y aquello fue su perdición.

Porque de repente ya no estaba viendo al gran dominador de la conversación.

Estaba viendo a un hombre que acababa de descubrir que alguien había entendido perfectamente su juego.

Y la expresión resultante fue tan humana, tan sincera y tan inesperada que Evasna perdió la batalla.

Se dio media vuelta.

Alcanzó a dar un par de pasos.

Y entonces estalló.

Se llevó la mano a la boca con desesperación, intentando contener las carcajadas tanto como pudo.

Lo cual no funcionó.

Solo consiguió que escaparan en pequeños estallidos ahogados.

Los hombros le temblaban.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Y cada vez que lograba recuperar un poco el control, recordaba aquella expresión y volvía a perderlo.

Con el extraño resplandor brillando detrás de sus párpados, aceleró el paso.

Ahora sí quería huir.

Y con bastante más razón que antes.

—Yo de aquí me voy antes de que me cuelguen…

El banco del lago

Evasna abandonó el salón tan rápido como le permitió la educación.

Y luego un poco más rápido.

Todavía intentaba recuperarse del desastre que acababa de protagonizar.

Las lágrimas provocadas por la risa comenzaban a desaparecer.

Pero la sensación de alerta seguía perfectamente intacta.

Porque reírse de aquella manera ya era bastante malo.

Haberlo hecho delante de personas que quizá no debía ofender era otra cuestión completamente distinta.

Por suerte, el aire fresco de los jardines ayudó un poco.

O al menos eso esperaba.

Sin embargo, apenas se alejó de la luz del palacio comenzó a notar otro problema.

Uno completamente distinto.

Dentro todo estaba iluminado.

Fuera no.

Y el extraño resplandor que seguía llenando sus ojos convertía la oscuridad en una experiencia bastante complicada.

Evasna aminoró el paso.

Parpadeó varias veces.

Sin resultado.

Seguía viendo aquel brillo detrás de todo.

Como si alguien hubiera decidido colocar una lámpara dentro de su cabeza.

—Jamás imaginé ver menos de noche por haber luz…

Jardines del palacio vistos a través del resplandor que dificultaba la visión de Evasna durante la noche de la fiesta.

La noche se había vuelto demasiado brillante para verla con claridad.

Avanzó con cuidado.

Intentando reconocer el camino.

—Sé que modifiqué el hechizo, pero… por más que lo pienso, no había nada de esto…

Frunció ligeramente el ceño.

—Aunque, por haber, ciertamente puede haber de todo. Estaba jugando cuando lo hice…

Aquello no ayudaba demasiado.

Porque si había aprendido algo aquella noche era que aparentemente el hechizo funcionaba.

Y si funcionaba…

también podía tener efectos secundarios.

Lo cual resultaba una idea bastante inquietante.

—Pero es que esto es insólito…

Continuó avanzando.

Más despacio de lo que le habría gustado.

Y bastante más torpemente de lo que estaba dispuesta a admitir.

Afortunadamente comenzó a reconocer algunas referencias.

El lago.

Las columnas.

Algunas esculturas.

Ciertos senderos.

Elementos que había visto al llegar.

—¿Era esto tan grande?

La pregunta escapó sola.

Porque ahora el jardín parecía varias veces más extenso que antes.

O tal vez simplemente era más difícil recorrerlo cuando apenas podía ver.

Finalmente divisó una zona que le resultó familiar.

Y sintió un enorme alivio.

—Por fin… ya me voy de aquí.

Y en ese mismo instante alguien le sujetó suavemente un brazo.

—Que sea mi madre. O mi hermana Anna. Incluso Esviet.

La mano seguía sujetando su brazo.

Evasna permaneció inmóvil, intentando imaginar quién podía haberla detenido.

—Hasta el cochero, aunque no sé ni cómo habría entrado.

Aquello ya era bastante improbable.

—O la gallina grande esa del lago.

No tuvo tiempo de seguir ampliando la lista.

Porque finalmente decidió darse la vuelta.

Y, para su sorpresa, no se sobresaltó.

Ni siquiera un poco.

Simplemente porque no podía ver casi nada.

El resplandor que todavía llenaba sus ojos convertía la figura que tenía delante en poco más que un rostro oscuro recortado contra la noche.

No distinguía detalles.

Ni expresiones.

Ni siquiera estaba completamente segura de estar mirando en la dirección correcta.

—¿S… sí? —preguntó con cierto nerviosismo.

—¿Me permite un momento?

Evasna reconoció la voz al instante.

Y cerró los ojos.

—No podía ser tan suertuda, ¿verdad?

Por supuesto que no.

Era la voz del famoso y aclamado charlatán.

—Sí.

La mano abandonó su brazo.

Al parecer el caballero se movió o hizo algún gesto.

Evasna no tenía forma de saberlo.

Así que permaneció exactamente donde estaba.

Pasaron unos segundos.

—¿Qué sucede? —preguntó finalmente la voz.

—No veo bien esta noche.

Intentó mirar hacia donde creía que estaba.

—Diría que aquí, en la oscuridad, estoy casi ciega.

Hubo una breve pausa.

—¿Y pensaba andar así por ahí?

—Tenía prisa, como tal vez pudo ver. Aunque no lo estuviera mostrando muy evidente por los mismos inconvenientes.

Aquello provocó una pequeña risa.

—Sí. Sí vi que tenía prisa.

El tono utilizado hizo que Evasna frunciera el ceño.

—¿Se ríe para colmo usted?

—Disculpe.

La respuesta llegó todavía acompañada por algo de diversión.

—¿Me permite ayudarla a sentarse en este banco?

Evasna dudó unos instantes.

Luego asintió.

—Sí.

Esta vez sí percibió cómo el caballero se acercaba.

Con cuidado.

Sin prisas.

Guiándola unos pocos pasos.

Y, curiosamente, terminó sentándose exactamente en el mismo banco donde había estado al comienzo de aquella noche.

—¿Es usted noble? —preguntó Evasna.

—Soy Tores, primogénito del conde Arnaz.

Evasna asintió lentamente.

No porque pudiera verlo.

Sino porque le parecía lo correcto.

—Entonces, mi señor Tores, ¿en qué puedo servirle?

Hubo un breve silencio.

Como si el propio Tores estuviera reconsiderando la pregunta que iba a formular.

Finalmente habló.

—¿Me puede decir qué fue aquello?

Evasna intentó mirarlo.

Sin éxito.

El resplandor seguía convirtiendo la noche en una masa informe de sombras.

Aun así no pudo evitar reírse un poco.

—¿Y se toma usted todas estas molestias para ser usted quien me pregunte exactamente eso a mí?

La risa regresó.

Más suave esta vez.

Más controlada.

Del otro lado también hubo silencio durante unos segundos.

Luego escuchó una exhalación resignada.

—Tiene toda la razón.

Aquello pareció divertir todavía más a Evasna.

—Ha sido una pregunta bastante incoherente.

—Me alegra que lo admita.

Tores dejó escapar una pequeña risa.

—Me ha sorprendido usted como no se imagina.

La ligereza desapareció poco a poco de su voz.

—No podía permitirme mostrarlo allí dentro. No se imagina hasta qué punto.

Evasna ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Tanto así?

—Mucho más.

Hubo una pausa.

—Cuando se alejó y empezó a reírse…

La frase quedó suspendida unos instantes.

—Fue algo que jamás había visto.

Evasna sonrió.

—¿Y qué esperaba usted?

La pregunta fue formulada sin malicia.

Con auténtica curiosidad.

Tores respondió casi de inmediato.

—Nada.

Luego añadió:

—Como siempre.

Otra breve pausa.

—Nada en especial. Solo asombro de los demás. Como siempre.

Evasna parpadeó.

—Está… ¿está bromeando, verdad?

—No.

La respuesta llegó sin vacilar.

—Ahora hablo completamente en serio.

Volvió a inclinarse ligeramente hacia ella.

—Y no estoy bromeando ni un poco.

—No le entiendo —dijo Evasna.

—Tal vez porque usted sí ha leído todo eso.

—Sí, lo he leído, pero sigo sin entender su asombro.

Tores permaneció unos segundos en silencio.

Como si estuviera intentando ordenar una explicación que jamás había tenido que dar.

—Todo eso que narro es el resultado de haber leído libros durante años.

La voz había perdido gran parte de la ligereza habitual.

—Aunque me ve bien ahora, cuando era mucho más joven sufrí una caída de caballo. Me golpeé la espalda y pasé varios años postrado.

Evasna no dijo nada.

Simplemente escuchó.

—Milagrosamente logré recuperarme. Con esfuerzo volví a caminar, recuperé mis fuerzas y seguí adelante. Pero durante todo ese tiempo no tenía demasiado que hacer.

Soltó una pequeña risa.

—Así que leí.

—Mucho.

—Muchísimo.

La sonrisa regresó a su voz.

—Historias. Viajes. Animales extraños. Costumbres lejanas. Reinos que probablemente ya ni existen.

Hizo una pausa.

—Y con el tiempo empecé a contarlas como me daba la gana.

Evasna sonrió.

—Eso último ya lo había notado.

Aquello provocó una risa sincera por parte de Tores.

—Al final descubrí algo curioso. Casi nadie tenía idea de qué estaba hablando.

Se encogió ligeramente de hombros.

—Algunos ancianos. Ciertas personas de la corte. Algunos eruditos. Pero fuera de ellos… nada.

La noche permaneció en silencio unos instantes.

Hasta que Evasna finalmente habló.

—Vaya…

Reflexionó unos segundos.

—Ya le entiendo.

Y entonces añadió casi de inmediato:

—¡Pero se aprovecha de todos modos!

Tores volvió a reír.

—No me culpe. Al final la gente se divierte.

—Y se mal informa.

—Sí…

La respuesta llegó más despacio.

—No se lo niego.

Hubo una breve pausa.

—Pero dudo que lo recuerden demasiado tiempo. No creo que le presten tanta atención cuando termina la conversación.

Evasna frunció ligeramente el ceño.

—Eso no mejora mucho las cosas.

—¿No?

—No.

La respuesta llegó con una convicción absoluta.

—Entiendo que se diviertan. Incluso entiendo que usted se divierta.

Se acomodó un poco en el banco.

—Pero ya no somos niños.

Tores guardó silencio.

—Si va a contar algo que ocurrió de verdad, al menos debería respetar los hechos.

La frase salió con una naturalidad que casi parecía una evidencia universal.

—¿Y qué gracia tendría eso?

—La misma que tiene la realidad.

Aquello hizo reír a Tores otra vez.

—Está usted pidiendo algo difícil.

—No tanto.

Evasna sonrió.

—Si quiere inventar cosas, invente cosas que no existan. Ahí tiene todo mi apoyo.

Aquello sí consiguió sorprenderlo.

—¿Todo su apoyo?

—Por supuesto.

La respuesta llegó inmediata.

—Dragones gigantes. Reinos perdidos. Monstruos marinos. Espíritus del bosque. Lo que quiera.

Hizo un gesto con una mano.

—Ya se darán cuenta después si aquello era verdad o no.

La sonrisa desapareció un poco.

—Pero las cosas reales son distintas.

Miró hacia el lago, aunque seguía sin verlo bien.

—Las cosas reales ya son bastante interesantes por sí solas.

Y por primera vez desde que había comenzado la conversación, Tores no tuvo una respuesta inmediata.

La noche que dejó de ser fiesta

Y siguieron hablando.

Al principio sobre libros.

Luego sobre lugares.

Después sobre personas.

Y finalmente sobre sus propias vidas.

De una forma tan natural que ninguno de los dos llegó a notar exactamente cuándo ocurrió.

Evasna habló de su familia.

De su casa.

De sus hermanas.

De su madrastra.

De la extraña situación en la que había terminado viviendo.

Y, con una habilidad que habría sorprendido a cualquiera que la conociera bien, consiguió relatar toda aquella historia sin dejar mal parada a ninguna de ellas.

No porque todo hubiera sido perfecto.

Ni mucho menos.

Simplemente porque seguían siendo su familia.

La única que tenía.

Le contó que apenas recordaba a su madre.

Había muerto antes de que ella cumpliera dos años.

A veces creía conservar algún recuerdo.

Una voz.

Un perfume.

La sensación de unos brazos rodeándola.

Pero nunca había sabido si aquellos fragmentos eran reales o si los había construido a partir de historias ajenas.

Lo único que sabía con certeza era que su padre la había conocido durante uno de sus viajes comerciales, más allá de las naciones del norte.

Su padre, ya bastante mayor incluso entonces, había buscado una nueva esposa poco después.

No por conveniencia.

Ni por ambición.

Simplemente porque estaba convencido de que una niña necesitaba una madre.

Y porque él mismo, todavía herido por la pérdida reciente, no sabía realmente qué hacer.

Lamentablemente, tampoco tuvo mucho tiempo para descubrirlo.

Murió cuando Evasna apenas tenía cuatro años.

Fue su madrastra quien la crió desde entonces.

Jamás la negó.

Jamás dijo que no fuera su hija.

Jamás la trató como una extraña.

Pero tampoco parecía dispuesta a dedicarle un esfuerzo mayor que el que reservaba para su propia sangre.

Evasna no habló de aquello con resentimiento.

Ni siquiera con tristeza.

Era simplemente la realidad que había conocido toda su vida.

Y, en cierto modo, no estaba inconforme.

Por su parte, Tores habló de su padre.

De la vida en la corte.

De los años que había pasado recuperándose.

De los lugares que conocía.

Y de muchos otros que solo conocía a través de los libros.

De vez en cuando discutían.

De vez en cuando estaban de acuerdo.

Y más de una vez terminaron riéndose por motivos que ninguno de los dos habría sido capaz de explicar después.

La fiesta continuaba en alguna parte.

La música seguía sonando.

Las luces seguían brillando en el palacio.

Pero, poco a poco, todo aquello dejó de importar.

Hasta que, en algún momento de la noche, Tores notó algo.

—¿Está bien?

Evasna tardó unos segundos en responder.

—No.

Aquello hizo que Tores se incorporara ligeramente.

—¿No?

—Me siento cansada en extremo.

Apoyó la cabeza contra el respaldo del banco.

—Tal vez ya es muy tarde.

Guardó silencio un instante.

—Y realmente ya no veo casi nada.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Está muy oscuro ya.

Tores observó la oscuridad que los rodeaba.

Luego volvió a mirarla a ella.

—¿Dónde vive?

—¿Por qué?

—Porque voy a llevarla yo mismo.

Aquello pareció sorprenderla más que cualquier otra cosa dicha durante aquella noche.

—La residencia Kleins.

Hubo un breve silencio.

—¿Eres la hija de Kleins?

—Sí.

Tores se quedó pensativo unos segundos.

Y entonces una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Ahora entiendo por qué estaban esos libros.

Evasna giró la cabeza hacia donde creía que estaba él.

—¿Sabe por qué?

—Nada demasiado sorprendente. Su padre fue un gran comerciante, después de todo. Llegó a suministrarnos muchas cosas, incluidos libros que recomendaba con mucha pasión. Le aseguro que no lo hacía con intención de venderlos. Al menos no los libros. Con lo demás era bastante profesional.

La sonrisa se hizo un poco más amplia.

—Y bueno… cuando alguien como él pasa por tantos lugares y trata con tanta gente, inevitablemente terminan quedando algunas historias.

Hizo una pequeña pausa.

—Al menos eso me han contado. Recuerde que no soy mucho mayor que usted. Yo no estuve allí para verlo.

—Ah… ¿Y qué contaban?

—Prefiero contársela en otra ocasión.

Evasna permaneció en silencio unos instantes.

—¿Y por qué?

—Porque así tengo una excusa para que volvamos a hablar.

Por primera vez en bastante rato fue ella quien no tuvo una respuesta inmediata.

Finalmente sonrió.

—Está bien.

Luego añadió:

—Esperaré entonces.

Guardó silencio unos segundos.

—Madre nunca me ha hablado mucho de nada de eso.

Sonrió levemente.

—Aunque tampoco creo que pudiera. Apenas tuvo tiempo de conocer a mi padre, y de mi madre solo supo lo que él alcanzó a contarle.

Quizá a ella también le guste escuchar esas historias. Después de tantos años, todavía lo recuerda de vez en cuando.

Tores asintió lentamente.

Luego se puso en pie.

—No se mueva.

—No era mi intención.

—Excelente.

—Difícilmente podría hacerlo aunque quisiera.

Aquello le arrancó una última risa.

Y poco después Evasna sintió cómo la levantaban cuidadosamente del banco.

—¿Qué está haciendo?

—Llevándola a casa.

—Eso ya lo había entendido.

—Perfecto.

—La pregunta era por qué me lleva en brazos.

—Porque apenas ve.

—Eso es razonable.

—Lo sé.

Y con esa respuesta comenzó el camino de regreso.

Regreso

Tores continuó caminando con Evasna entre sus brazos.

La muchacha estaba cada vez más cansada.

Y él comenzaba a sospechar que, si la soltaba un momento, probablemente se quedaría dormida donde la dejara.

Así que no la soltó.

Al abandonar los jardines llamó discretamente a uno de los sirvientes.

No necesitó explicar demasiado.

El hombre hizo una inclinación y desapareció.

Poco después regresó acompañado por dos hombres de armas y un coche.

Nada especialmente ostentoso.

Simplemente cómodo.

Y, sobre todo, apropiado para transportar a una joven que apenas conseguía mantener los ojos abiertos.

Los dos escoltas tomaron posiciones a ambos lados.

El sirviente ocupó el pescante.

Y Tores ayudó a Evasna a acomodarse en el interior.

Luego subió él mismo.

El coche comenzó a avanzar lentamente.

Y poco a poco abandonaron el palacio.

La ciudad dormía.

Las calles estaban casi vacías.

Y únicamente el sonido de las ruedas y el paso de los caballos rompían el silencio de la noche.

Durante un tiempo siguieron conversando.

Cada vez menos.

No porque faltaran temas.

Sino porque Evasna comenzaba a quedarse sin fuerzas.

Varias veces la vio cabecear.

Dormirse apenas unos instantes.

Y volver a despertar sobresaltada.

Como quien intenta mantenerse despierto por pura voluntad.

—No tiene que hacerlo —dijo Tores en una ocasión.

—¿Qué cosa?

—Seguir luchando contra el sueño.

—Claro que sí.

—¿Por qué?

—Porque me gustaría llegar despierta.

Apenas unos segundos después volvió a cabecear.

Tores sonrió.

Y fue entonces cuando ocurrió por primera vez.

Un leve resplandor.

Muy tenue.

Tan breve que dudó haberlo visto.

Parpadeó.

Miró nuevamente.

Nada.

Evasna seguía allí.

Dormitando.

Apoyada contra el asiento.

Continuaron avanzando.

Y tiempo después volvió a ocurrir.

Esta vez el brillo apareció durante un instante más largo.

Lo suficiente para que creyera distinguir algo extraño.

Uno de los adornos del vestido.

Una pequeña pieza bordada cerca de una manga.

Se deshizo.

Como arena oscura.

Como polvo arrastrado por una corriente invisible.

Y después simplemente dejó de existir.

Tores frunció el ceño.

Miró otra vez.

El adorno ya no estaba.

Observó a Evasna.

Observó el vestido.

Y terminó llegando a una conclusión bastante razonable.

Debía de estar cansado.

Porque aquello no tenía sentido.

Sin embargo volvió a suceder.

Y otra vez.

Y otra.

Siempre cuando Evasna se quedaba profundamente dormida.

Siempre acompañado por aquel leve resplandor.

Y siempre durante apenas unos instantes.

Cada vez que despertaba un poco, el fenómeno parecía detenerse.

Y cada vez que volvía a quedarse dormida, algo más desaparecía.

Un detalle del vestido.

Un adorno del cabello.

Una pequeña filigrana.

Como si algo estuviera deshaciéndose lentamente.

Tores no entendía qué estaba viendo.

Y terminó por dejar de intentar explicarlo.

Porque ninguna explicación que se le ocurría resultaba particularmente sensata.

Finalmente el carruaje se detuvo.

El cochero descendió de inmediato.

Y abrió la puerta.

El ruido fue suficiente.

Evasna abrió los ojos de golpe.

Esta vez mucho más despierta.

Y bastante más alarmada.

—¿Qué ocurrió?

—Llegamos.


Tores la ayudó a descender cuando el cochero abrió la puerta.

Evasna apoyó los pies en el suelo.

Y, para su alivio, comprobó que realmente se sentía mejor.

Mucho mejor.

El cansancio seguía allí.

Pero el extraño resplandor había disminuido lo suficiente para permitirle ver con claridad.

No perfecta.

Pero suficiente.

—Gracias —dijo mientras recuperaba el equilibrio—. Me siento mucho mejor ahora.

Miró alrededor.

Reconocía perfectamente la residencia.

Las calles.

Los árboles cercanos.

Las ventanas apagadas.

Y sonrió.

—Veo mucho mejor.

—Me alegra escucharlo.

La conversación continuó unos minutos más.

Ya sin prisas.

Ya sin jardines.

Ya sin fiestas.

Solo ellos.

—¿Estaría bien que pasara a visitarla alguna vez?

Evasna inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Alguna vez?

—Puedo enviar un mensajero para solicitar audiencia si lo prefiere.

Aquello consiguió arrancarle una risa.

—No bromee.

La sonrisa apareció también en el rostro de Tores.

—¿No?

—Puede venir cuando quiera.

Hizo un pequeño gesto hacia la casa.

—Aquí estaré.

Pensó un instante.

—O cerca. No es que tenga demasiados motivos para alejarme de aquí.

—Entonces tomaré sus palabras al pie de la letra.

—Si quiere.

—No lo diga así.

La sonrisa de Tores se hizo un poco más amplia.

—Podría dar media vuelta y regresar en cuanto llegue nuevamente al palacio.

—No tanto.

Evasna soltó una pequeña risa.

—Pero no voy a irme a ninguna parte.

Aquello pareció satisfacerlo bastante más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Finalmente llegó el momento de despedirse.

Intercambiaron unas últimas palabras.

Una última sonrisa.

Y una última mirada.

Luego Tores subió nuevamente al coche.

El cochero hizo avanzar los caballos.

Y poco a poco comenzaron a alejarse.

Evasna permaneció donde estaba.

Observándolos partir.

Sin saber exactamente por qué.

El vehículo continuó avanzando por la calle.

Cada vez más lejos.

Hasta que, inesperadamente, se detuvo.

Solo un instante.

Un momento apenas.

Tan breve que Evasna llegó a preguntarse si realmente había ocurrido.

Y entonces volvió a ponerse en marcha.

Como si nada hubiera pasado.

Evasna observó el carruaje unos segundos más.

Luego negó ligeramente con la cabeza.

Aquella había sido una noche muy extraña.

Había ido a una fiesta a la que ni siquiera esperaba asistir.

Había utilizado magia que no entendía.

Había conocido a un charlatán.

Y había terminado pasando horas hablando con él.

Evasna dejó escapar una pequeña risa.

Porque entonces comprendió algo.

Muchas de las jóvenes que habían acudido aquella noche habían ido buscando algo.

Un pretendiente.

Una oportunidad.

Un futuro.

Ella no.

Ella había ido simplemente porque, por una vez, quería ver la fiesta con sus propios ojos.

Y, sin buscar nada en absoluto, parecía haber encontrado algo igualmente.

Aquella idea consiguió hacerla sonrojarse un poco.

—Qué noche tan rara…

murmuró antes de entrar en la casa.

Vestigios

Evasna cerró la puerta de su habitación con cuidado.

La casa dormía.

Todo estaba en silencio.

Por primera vez desde que había comenzado aquella noche, se encontró completamente sola.

Se acercó al espejo.

Observó una última vez el vestido.

Los adornos.

El peinado.

Y aquella versión de sí misma que apenas unas horas antes le habría parecido imposible.

Luego comenzó a cambiarse.

Guardó el vestido con cuidado.

Colocó las zapatillas junto a él.

Dejó los adornos del cabello sobre una pequeña mesa.

Y finalmente se puso su ropa de dormir.

Fue entonces cuando notó algo extraño.

Le faltaban cosas al vestido.

No parecía roto.

No parecía desgarrado.

Ni siquiera parecía viejo.

Simplemente…

faltaban detalles.

Algunos adornos ya no estaban.

Como si jamás hubieran existido.

Evasna frunció el ceño.

Se acercó más.

Lo examinó.

No encontró ninguna explicación.

Aquello era raro.

Muy raro.

Terminó mirando también su propio reflejo.

Buscando algún cambio.

Algún problema.

Alguna señal preocupante.

Pero no encontró nada.

Y el cansancio comenzaba a ganar la batalla.

Así que decidió dejarlo para la mañana siguiente.

Se acostó.

Mirando hacia la ventana.

Observando las estrellas.

Pensando.

En la fiesta.

En los jardines.

En el lago.

En el banco.

En Tores.

Y poco a poco comenzó a quedarse dormida.

Entonces algo la despertó.

Abrió los ojos de golpe.

Por un instante había visto un brillo.

Se incorporó.

Miró la habitación.

Las paredes.

La ventana.

La puerta.

Nada.

Todo permanecía en silencio.

Esperó unos segundos.

Y al no encontrar nada volvió a recostarse.

Seguramente había sido producto del cansancio.

Cerró los ojos nuevamente.

Comenzó a dormirse.

Y volvió a verlo.

Esta vez estaba segura.

El resplandor había aparecido durante un instante.

Del lado donde había dejado el vestido.

Las zapatillas.

Y los adornos del cabello.

Evasna se levantó.

Ahora completamente despierta.

Observó los objetos.

Y notó algo más.

Habían desaparecido otros detalles.

No muchos.

Pero algunos.

Los adornos seguían perdiendo partes.

Poco a poco.

Como si algo los estuviera consumiendo.

La muchacha permaneció inmóvil varios segundos.

Sin entender.

Sin encontrar explicación.

Y finalmente regresó a la cama.

No porque hubiera dejado de preocuparle.

Sino porque ya era demasiado tarde para pensar con claridad.

Las campanadas de medianoche resonaron a lo lejos.

Una.

Dos.

Tres.

Y así hasta completar las doce.

Evasna suspiró.

Cerró nuevamente los ojos.

Y entonces ocurrió otra vez.

El resplandor.

Esta vez más intenso.

La muchacha abrió los ojos de golpe.

Se incorporó.

Y corrió hacia donde estaban las zapatillas.

Justo a tiempo para verlo.

Un pequeño montón de arena negra reposaba sobre el suelo.

Durante apenas un instante.

Y después se desvaneció.

Como polvo arrastrado por un viento invisible.

Sin dejar rastro alguno.

Evasna se quedó observando el lugar.

Sin comprender.

Demasiado cansada para asustarse realmente.

Demasiado despierta para ignorarlo.

Y demasiado curiosa para apartar la vista.

Finalmente regresó a la cama.

Pero esta vez no se acostó.

Se sentó apoyando la espalda contra el muro.

Esperando.

Observando.

Y cada vez que comenzaba a cabecear…

aparecía el resplandor.

Ya no necesitaba adivinarlo.

Ya sabía lo que significaba.

A medida que desaparecía la luz…

desaparecía algo más.

Un detalle.

Un adorno.

Una parte del vestido.

Una parte de aquella noche.

Y poco a poco comenzó a resignarse.

No había nada que pudiera hacer.

Simplemente estaba ocurriendo.

Como una vela consumiéndose.

Como una brasa agotándose.

Como un sueño que llega a su final.

Y entonces el vestido comenzó a desaparecer.

No de golpe.

No dramáticamente.

Simplemente dejó de estar allí.

Las telas se deshicieron en partículas oscuras.

Los adornos desaparecieron.

Los bordados se desvanecieron.

Y cuando todo terminó…

en su lugar permanecía el viejo vestido que había utilizado aquella misma tarde para limpiar la casa.

Evasna se levantó lentamente.

Caminó hasta el espejo.

Y se observó.

Durante varios segundos.

Sin decir nada.

Sin moverse.

Sin apartar la mirada.

Había intentado ser razonable toda la noche.

Había intentado comprender.

Había intentado aceptar lo que estaba ocurriendo.

Después de todo era magia.

¿Qué esperaba?

Pero al verse allí reflejada…

algo terminó por romperse.

Las lágrimas comenzaron a caer.

Silenciosas.

Inesperadas.

Porque al fin y al cabo…

seguía siendo una persona.

—Al menos me hubieras dejado esto…

susurró.

Y en ese mismo instante el último vestigio de la magia abandonó su cuerpo.

La muchacha permaneció allí un rato más.

Llorando.

Hasta que finalmente se calmó.

Se secó los ojos.

Regresó a la cama.

Y volvió a mirar las estrellas a través de la ventana.

Después de todo…

había sido una noche hermosa.

—Al menos ha sido lindo…

murmuró.

Y finalmente se quedó dormida.

Cotidiano

A la mañana siguiente, Evasna volvió a ser Evasna.

O al menos eso parecía.

Se levantó temprano.

Preparó el desayuno.

Ordenó algunas cosas.

Y comenzó el día exactamente igual que cualquier otro.

Saludó a todos con una sonrisa.

Preguntó cómo les había ido en la fiesta.

Sirvió comida.

Escuchó historias.

Y poco a poco la casa volvió a llenarse de conversación.

Al parecer la noche había sido un éxito.

Sus hermanas estaban convencidas de haber causado una buena impresión.

Habían conocido personas interesantes.

Intercambiado promesas.

Y recibido invitaciones para futuros encuentros.

Su madre parecía particularmente satisfecha.

Lo cual normalmente significaba que había identificado alguna oportunidad prometedora.

Evasna sonrió.

Si alguien sabía navegar aquellas aguas era ella.

Así que, fuera cual fuera el asunto, seguramente ya tendría un plan.

Aquello le recordó inevitablemente a Tores.

Pero el pensamiento apenas tuvo tiempo de asentarse.

Porque su madrastra habló.

—Realmente lamento no haber podido conseguirte un vestido.

Evasna parpadeó.

Aquella no era una conversación habitual.

—No te preocupes, madre.

—No, hablo en serio.

La mujer apoyó la taza sobre la mesa.

—Me encontré con una muchacha muy parecida a ti.

Evasna sintió un escalofrío.

Pequeño.

Pero muy real.

—¿Sí?

—Sí.

La mujer guardó silencio unos segundos.

—Y realmente me mortificó.

Evasna estuvo a punto de atragantarse.

—¿Mortificó?

—Mucho.

La respuesta llegó con total naturalidad.

—Era una joven muy hermosa.

La muchacha bajó la mirada hacia su plato.

—Estoy segura de que exageras.

—No exagero.

Su madrastra negó con la cabeza.

—No sé si volverá a haber un evento semejante pronto. Pero procuraré que tengas algo adecuado de todos modos.

Evasna sonrió.

Y esta vez la sonrisa era sincera.

—Gracias, madre. Pero no te sientas mal. Sé que lo intentaste.

Luego añadió:

—¿Y qué tal era esa chica?

Aquello pareció animar inmediatamente la conversación.

—Según escuché, nadie sabe de dónde salió.

—¿Nadie?

—Nadie.

La mujer hizo un pequeño gesto con la mano.

—Ya sabes cómo funcionan estas cosas. Cuando nadie sabe algo, aparecen rumores.

—¿Y cuáles eran?

—Que era una noble extranjera.

—¿Extranjera?

—Algunos hablaban incluso de una princesa.

Evasna tuvo que contener una risa.

—Eso parece excesivo.

—También me lo pareció.

La mujer sonrió.

—Pero debo admitir que tenía cierto aire.

Guardó silencio un instante.

—Lo más extraño es que ni siquiera se acercó al príncipe.

—¿No?

—Ni una vez.

—Vaya.

—Le resbaló todo aquello por completo.

La mujer negó lentamente con la cabeza.

—Era toda una dama.

Luego observó a Evasna.

—Aunque bajita, como tú.

Y añadió algo que sorprendió a ambas.

—Realmente… tal vez debí aspirar a más para ti.

El silencio duró apenas unos segundos.

Pero fue suficiente.

Evasna no recordaba haber escuchado algo parecido antes.

Finalmente levantó una escoba que descansaba cerca de la puerta.

—Vaya, madre. Veo que ha sido toda una sorpresa.

Tomó la escoba por el mango.

Le hizo una pequeña reverencia exagerada.

Y comenzó a bailar con ella por la cocina.

—Pero no digas esas cosas.

La hizo girar una vez.

—No creo que encajara demasiado bien en esa sociedad.

Otra vuelta.

—Además, mi amado pretendiente es esta escoba.

La sonrisa que apareció en el rostro de su madrastra fue tan inesperada como genuina.

Y por un momento ambas terminaron riéndose.

Sin embargo, mientras continuaba el día, Evasna siguió pensando en aquella conversación.

Madre jamás decía cosas así.

Jamás.

Y si había llegado a decirlas…

probablemente aún estaba siendo prudente.

Reservada.

Como siempre.

¿Qué clase de impresión había dejado realmente aquella muchacha?

¿Tan grande había sido?

Y entonces recordó otra cosa.

La supuesta princesa extranjera había ignorado completamente al príncipe.

—Oh, por Dios…

murmuró para sí.

Y tuvo que esconder una sonrisa.

El resto del día transcurrió con sorprendente normalidad.

Pero, por extraño que resultara admitirlo, algo sí había cambiado.

Su madrastra parecía mirarla con un poco más de atención.

Con un poco más de consideración.

Con algo que antes no estaba allí.

Y aunque Evasna no terminaba de entender por qué…

debía reconocer que no le desagradaba.

Una luna después

Los días pasaron.

Y después pasaron más.

Al principio Evasna esperaba.

No demasiado.

Solo un poco.

Quizá al día siguiente.

Quizá unos días después.

Quizá una semana.

Pero los días siguieron pasando.

Y Tores no volvió.

Pronto una luna completa había transcurrido desde la fiesta.

La vida continuó.

Como siempre terminaba haciéndolo.

Sus hermanas recibieron visitas.

Pretendientes.

Invitaciones.

Paseos.

Y, observándolos desde cierta distancia, Evasna tuvo que admitir algo.

Madre era realmente buena en aquello.

Una de sus hermanas era extraordinariamente habladora.

La otra poseía una capacidad casi artística para sonar educada mientras hacía sentir inferiores a los demás.

Y, sin embargo, los jóvenes que habían aparecido parecían fabricados específicamente para ellas.

Como si alguien hubiera estudiado cuidadosamente sus defectos y virtudes antes de seleccionarlos.

—Les irá bien.

Aquella fue la conclusión de Evasna.

Y estaba sinceramente contenta por ambas.


A veces pensaba también en Tores.

Cada vez menos.

Pero todavía ocurría.

Y cuando ocurría, inevitablemente terminaba llegando a la misma conclusión.

Tal vez era mejor así.

Después de todo…

la muchacha que había conocido aquella noche no existía.

Y según lo que su propia madrastra había contado, la impresión que aquella desconocida había dejado había sido considerable.

Demasiado considerable.

Tores había conocido a una joven elegante.

Refinada.

Misteriosa.

Extraordinaria.

Y tarde o temprano habría descubierto la realidad.

Probablemente aquello habría sido una decepción.

Un cambio demasiado grande.

Demasiado brusco.


No fue una resignación inmediata.

Ni gratuita.

Algunas lágrimas acompañaron aquellos pensamientos durante varios días.

Hasta que un día dejaron de aparecer.

Y la vida siguió.

Porque, al final, no podía permitirse derrumbarse por algo así.

Algo más ocurriría en el futuro.

Siempre ocurría algo.


Pasados algunos días apareció un emisario.

Preguntó por la señora de la casa.

Conversó unos minutos con su madrastra.

Y se marchó.

Aquello fue todo.

Cuando Evasna preguntó qué había ocurrido, la respuesta fue sencilla.

—Seguramente confundieron la orden.

Y el asunto terminó allí.

O eso parecía.

Porque aproximadamente media luna después, ya entrada la noche, llegaron los carruajes.

Muchos carruajes.

Demasiados carruajes.

El ruido de las ruedas despertó a toda la casa.

Luego llegaron los golpes en la puerta.

Respetuosos al principio.

Firmes después.

Y finalmente insistentes.

Tan insistentes que terminaron preocupando a todos.

Las hermanas abandonaron las camas.

La madrastra hizo lo mismo.

Y Evasna, al ver la cantidad de luces que se acumulaban fuera, decidió vestirse rápidamente.

No sabía qué estaba ocurriendo.

Pero intuía que aquello requería algo más digno que un camisón.

Mientras ayudaba a preparar a su madre, los golpes continuaron.

Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.

La voz de un sirviente resonó desde el exterior.

Lo bastante fuerte como para escucharse desde dentro.

Como si la urgencia hubiera comenzado a superar las normas de cortesía.

Aquello consiguió acelerar todavía más los preparativos.

Pocos minutos después descendieron.

Las hermanas permanecieron algo más atrás.

Ocultas.

Espiando descaradamente.

Como cualquier persona razonable habría hecho.

La residencia de Evasna durante la noche, con un mensajero llamando a la puerta mientras un carruaje espera en el exterior.

Nadie esperaba visitas a aquellas horas.

La puerta se abrió.

Y un hombre elegantemente vestido realizó una inclinación.

—¿Señora Kleins?

—Sí.

—Se solicita con urgencia que confirme la ubicación de la dama de su casa que acudió a la fiesta junto a ustedes.

La mujer frunció el ceño.

—¿Qué dama?

—La más baja de sus hijas.

Por alguna razón aquello produjo una reacción inmediata.

Quizá recordó a la misteriosa joven de la fiesta.

Quizá recordó los rumores.

Quizá imaginó algún problema.

Fuera cual fuera la causa, se irguió un poco más.

—Mi hija menor no acudió a la fiesta.

El hombre parpadeó.

—Señora…

—Se quedó aquí.

La voz se volvió firme.

Muy firme.

—La dejamos aquí y la encontré aquí cuando regresamos.

Hizo un pequeño gesto con la cabeza.

—Si hubiera estado en la fiesta la habría reconocido.

La están confundiendo con otra persona.

Guardó silencio un instante.

Y añadió:

—No sé qué problema haya causado aquella muchacha, pero no pertenece a la casa Kleins.

Evasna observó a su madrastra con sorpresa.

Jamás la había visto actuar así.

La había visto negociar.

Discutir.

Reclamar.

Pero nunca ponerse delante de alguien como un escudo.

El emisario realizó una inclinación.

Y se retiró.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Luego se escuchó movimiento.

Voces.

Pasos.

Muchos pasos.

Rápidos.

Y entonces aparecieron dos figuras.

La primera era el conde Arnaz.

La segunda era Tores.

La madrastra palideció.

—M-mi señor conde… ¿qué… qué sucede?

Pero nadie respondió.

Porque Tores ni siquiera pareció escucharla.

Tenía el aspecto de alguien que llevaba demasiado tiempo buscando algo.

Y acababa de encontrar una pista.

—¡Evasna!

La voz resonó por toda la entrada.

—¡Evasna! ¡Evasna! ¿Dónde está ella?

El conde abrió los ojos con sorpresa.

Claramente tampoco esperaba aquello.

—¡Evasna!

La compostura.

La elegancia.

Las maneras.

Todo parecía haber quedado abandonado varios caminos atrás.

La madrastra intentó intervenir.

Intentó preguntar.

Intentó comprender.

Pero la situación ya avanzaba demasiado rápido.

Y entonces Evasna apareció.

Tímidamente.

Desde detrás de ella.

Tores la vio.

Y todo lo demás dejó de existir.

Cruzó la distancia que los separaba casi corriendo.

La sujetó por los brazos.

La observó.

Como si necesitara comprobar que era real.

Como si temiera que desapareciera si apartaba la vista.

—Evasna…

La abrazó.

Intentó decir algo.

Luego otra cosa.

Y después algo más.

Pero las palabras parecían haberse roto en algún punto del camino.

No se entendía absolutamente nada.

Evasna tampoco entendía qué estaba ocurriendo.

Y honestamente comenzaba a sospechar que nadie más lo entendía.

Finalmente el conde volvió la mirada hacia la señora Kleins.

—¿Por qué dijo que no estaba aquí cuando vino el emisario?

La mujer lo miró confundida.

Completamente confundida.

—Porque no entendí que hablaba de Evasna, mi señor.

La mujer bajó la vista un instante.

—La dejé aquí cuando partí y la encontré aquí dormida cuando regresé.

Volvió a mirar al conde.

—No vi a mi hija en aquella fiesta en ningún momento.

Negó lentamente con la cabeza.

—Cuando el emisario preguntó por ella, sinceramente creí que buscaba a otra persona.

Encuentro

Evasna observó a Tores.

Y por primera vez desde que había aparecido comprendió algo.

No entendía qué estaba ocurriendo.

No entendía por qué estaba allí.

No entendía por qué había llegado acompañado por un conde, varios carruajes y media noche de escándalo.

Pero sí entendía una cosa.

Tores la estaba mirando como un hombre que se había perdido en el desierto.

Y acababa de encontrar agua.

Aquella comparación apareció en su mente sin pedir permiso.

Y una vez que apareció ya no pudo apartarla.

Porque era exactamente esa expresión.

Alivio.

Puro alivio.

Como si hubiera estado sosteniendo algo demasiado pesado durante demasiado tiempo.

Y de repente hubiera desaparecido.

Evasna sintió un nudo en la garganta.

Las lágrimas comenzaron a descender antes de que pudiera evitarlo.

Aquello tampoco tenía demasiado sentido.

Pero estaban ahí.

Después de todo…

habían pasado muchas semanas.

Ella había creído que aquella noche había desaparecido para siempre.

Que todo había terminado.

Que nunca volvería a verlo.

Y allí estaba.

Sujetándola como si temiera perderla otra vez.

Mientras tanto, para el resto de los presentes, la situación resultaba completamente absurda.

Las hermanas observaban desde atrás.

Ocultas tras la esquina.

Sin dar crédito a nada de lo que estaban viendo.

La señora Kleins continuaba intentando comprender qué desastre acababa de aterrizar frente a su casa.

Y el conde Arnaz parecía cada vez más confundido.

Finalmente volvió la cabeza hacia ella.

—Eslena…

La mujer lo miró.

—¿Sí, mi señor?

El conde señaló discretamente a los dos jóvenes.

—¿Sabía que se conocían?

La señora Kleins observó a Tores.

Luego a Evasna.

Pareció pensarlo unos instantes.

—No, mi señor.

Guardó silencio.

—Nunca vi nada que me hiciera pensar algo así.

El conde asintió lentamente.

Ambos observaron a los jóvenes durante unos segundos.

Razones

Finalmente el conde volvió la mirada hacia la señora Kleins.

La situación comenzaba a resultarle cada vez más absurda.

No porque no creyera a su hijo.

Precisamente ese era el problema.

Jamás lo había visto así.

Jamás.

—Eslena

—Sí, mi señor.

El conde tardó unos instantes en ordenar sus pensamientos.

—Justo al día siguiente de la fiesta tuve que partir.

La mujer escuchó en silencio.

—Una situación con bandidos y rebeldes en unas islas al sur. Varios señores de tierra ya habíamos acordado intervenir y la situación requería actuar con rapidez.

Hizo una pequeña pausa.

—La presencia de mando de mi hijo era importante para esos fines.

Volvió la vista brevemente hacia Tores.

Seguía completamente ajeno al resto del mundo.

—Partió decepcionado.

Pero también muy animado.

Tenía toda la intención de regresar tan pronto como fuera posible.

La señora Kleins asintió lentamente.

—Lo entiendo.

—Y entonces regresó el emisario.

El tono del conde cambió ligeramente.

—Con la noticia de que su hija jamás había estado en la fiesta.

La mujer frunció el ceño.

—Mi señor, yo…

—Y entonces ocurrió algo que no supe comprender.

La interrumpió sin brusquedad.

Más confundido que molesto.

—Mi hijo perdió completamente la calma.

Observó nuevamente a Tores.

—Habló de cosas que no tenían sentido.

De vestidos.

De luces.

De una conversación junto a un lago.

Llegó a decir que necesitaba comprobar que no estaba perdiendo la razón.

El conde suspiró.

—Me contó que ya había hecho detener el carruaje una vez aquella noche al despedirse de ella.

Guardó silencio un instante.

—Y luego de esto no dejó de maldecir haberle dicho al cochero que continuara.

Negó lentamente con la cabeza.

—Estaba convencido de que debió regresar para comprobar que ella seguía allí.

La señora Kleins parpadeó.

—¿Qué?

—Incluso llegó a decirme…

El conde pareció debatirse entre repetir aquellas palabras o no.

—“Debí haberme devuelto y secuestrarla allí mismo.”

La mujer abrió los ojos mucho mas.

—¿Qué?

El conde levantó una mano inmediatamente.

—Por supuesto no hablaba en serio.

Guardó silencio un instante.

—O al menos quiero creer que no hablaba en serio.

La señora Kleins siguió mirándolo.

—Mi hijo es un buen muchacho.

Suspiró.

—Simplemente estaba desesperado.

Intenté hacerle entrar en razón.

Pero una vez que el asunto quedó resuelto, embarcó de regreso hacia el continente sin esperar a nadie.

Y aquello me preocupó lo suficiente como para seguirlo.

La mujer permaneció en silencio.

El conde también.

Finalmente volvió a hablar.

—Señora.

Mi hijo pasó toda la noche con su hija.

Varios lo vieron.

Guardias.

Sirvientes.

Invitados.

Pasaron horas hablando junto al lago.

A la vista de todo el mundo.

Bajo las antorchas.

Bajo la luna.

La observó directamente.

—Entonces comprenderá mi confusión.

Porque cuando envié a preguntar por ella, me respondieron que nunca había estado allí.

La señora Kleins abrió la boca.

Y volvió a cerrarla.

Miró a Evasna.

Luego a Tores.

Luego nuevamente al conde.

Y cuanto más lo pensaba, menos sentido parecía tener nada.

—Mi señor…

La mujer vaciló.

Algo muy poco habitual en ella.

—Hubo momentos en los que llegué a pensar que estaba ligeramente acongojada algunos días.

Bajó la vista un instante.

—Pero siempre encontraba alguna explicación para ello.

Volvió a mirar al conde.

—Ahora creo que me estoy perdiendo una parte muy importante de esta historia.

El conde dejó escapar una pequeña exhalación.

—Me alegra escuchar eso.

—¿Por qué?

El hombre soltó una breve risa sin humor.

—Porque significa que no soy el único.

Observó a su hijo durante unos segundos.

—Usted solo ha escuchado una parte de la historia.

Negó lentamente con la cabeza.

—Yo tuve que ver cómo ordenaba adelantar la partida, movilizaba media expedición y abandonaba la isla con una urgencia que nadie comprendía.

Guardó silencio un instante.

—Y mientras otros nobles me preguntaban qué estaba ocurriendo…

La miró directamente.

—Resultó que yo tampoco tenía respuesta alguna.

Era yo

Así que la señora Kleins llamó a Evasna.

Y ella acudió.

Como el cordero que sabe perfectamente hacia dónde lo están llevando.

—Evasna…

—¿Sí, madre?

—¿Fuiste a la fiesta?

—Sí.

—¿Pero cuándo? ¿Cómo?

—Como a las seis. Encontré algunas cosas con las que podía ir. Aquí en la casa.

La mujer tardó unos instantes en procesarlo.

—Pero jamás te vi.

—Era la chica… que dijiste.

La señora Kleins no consiguió responder.

Abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

Intentó decir algo.

Luego otra cosa.

Y finalmente no dijo nada.

El asombro había ganado la batalla.

Pasaron varios segundos.

Finalmente dejó escapar un largo suspiro.

—Disculpa por no haberte reconocido.

Evasna levantó la vista.

—Madre…

—Veo que luego no quisiste contármelo.

—No, yo…

Intentó explicarse.

Pero la mujer ya había girado la cabeza.

Aquello parecía haberla golpeado más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Se dirigió al conde.

—Disculpe, mi señor.

Bajó ligeramente la cabeza.

—Esto ha sido culpa mía.

Guardó silencio un instante.

—He sido incompetente.

El conde la observó durante unos segundos.

Y luego negó lentamente.

—¿Sabe una cosa?

La mujer levantó la vista.

—La reina en persona le preguntó a mi esposa si sabía quién era aquella muchacha.

La señora Kleins parpadeó.

—¿La reina?

—La reina.

Hizo una breve pausa.

—Y no solo ella. El rey preguntó por ella. Algunos guardias también. Y el marqués Ruced, después de escucharla hablar varias veces entre los jóvenes, me confesó que durante un momento creyó que podía tratarse de una espía extranjera.

La señora Kleins abrió los ojos.

—¿¡Qué!?

—Y razones le daba.

Dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Una de las hijas del marqués Aron tropezó con ella durante la celebración.

—Lo siguiente que ocurrió fue tan extraño que mi propia esposa me lo relató dos veces para asegurarse de que la había entendido correctamente.

Observó un instante a la señora Kleins.

—Su hija la sujetó por ambas manos, giró con ella y logró incorporarla sin que ninguna de las dos terminara en el suelo.

Negó lentamente con la cabeza.

—Al parecer dejó a más de uno sorprendido.

La gracia con la que hizo todo aquello y la forma en que terminó incluso en un giro.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—No sabe cómo habló mi esposa de ello durante el resto de la noche.

Guardó silencio un instante.

—Y tampoco ayudó que el capitán de la guardia alabara sus reflejos.

La señora Kleins parpadeó.

—¿Qué quiere decir?

—Que hizo elevar más de una ceja aquella noche.

Su sonrisa se amplió apenas un poco.

—Según el capitán, esos eran los reflejos de un soldado entrenado.

—Y como comprenderá…

Su sonrisa adquirió un matiz resignado.

—Afirmar que una desconocida posee los reflejos de un soldado entrenado en medio de una fiesta llena de nobles no ayudó precisamente a calmar los rumores.

Guardó silencio un instante.

—Eslena… yo mismo no sabía que la joven que mencionaba mi hijo era ella.

Luego negó con la cabeza.

—Así que entiendo perfectamente que no la reconociera.

Su mirada se desplazó hacia Tores.

Y durante un instante pareció comprender muchas más cosas de las que estaba diciendo.

—Sea lo que sea que hizo aquella noche…

Hizo una pequeña pausa.

—Debió de ser sublime.

Luego la sonrisa se volvió apenas un poco más amplia.

—Y viendo el resultado…

no creo poder estar más que conforme.

La señora Kleins siguió aquella mirada.

Y comprendió inmediatamente a qué resultado se refería.

—Bien.

El conde dio una ligera palmada sobre su bastón.

—Yo me retiro.

Miró alrededor.

—Es muy tarde para este anciano.

Y después de toda esta conmoción, creo que ya he tenido suficiente emoción por una noche.

Comenzó a alejarse.

—Me adelanto, Tores.

Y recuperando de inmediato toda la dignidad propia de su posición, abandonó la residencia.

Entonces quedó el silencio.

Un silencio breve.

Porque aún quedaban demasiadas personas allí.

Tores observó la situación.

Miró a Evasna.

Miró a la familia.

Y finalmente sonrió.

—Creo que es hora de que me marche.

Hizo una pequeña inclinación.

—Es impropio seguir molestando a estas horas.

Siguieron las formalidades esperadas.

Los agradecimientos.

Las despedidas.

Y algunas palabras dirigidas a la señora Kleins que, dadas las circunstancias, nadie encontró particularmente sorprendentes.

Finalmente llegó el momento de partir.


Tores se volvió una última vez hacia Evasna.

—Tomaré tu palabra.

Ella sonrió.

—¿Cuál de todas?

—La de que seguirás aquí.

Aquello consiguió arrancar algunas sonrisas.

—Creo que puedo prometer eso.

—Excelente.

Tores asintió satisfecho.

—Entonces vendré igualmente mañana.

—¿Mañana?

—Tan pronto como amanezca.

La sonrisa se hizo un poco más amplia.

—Solo para comprobar que sigues aquí.

Evasna terminó riéndose.

—Seguiré aquí.

—Perfecto.

Volvieron a despedirse.

Esta vez de verdad.

Los carruajes comenzaron a marcharse.

Las ruedas se alejaron lentamente por la calle.

Y finalmente la puerta se cerró.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Como si todos necesitaran comprobar que aquello realmente había ocurrido.

La casa quedó en silencio.

Un silencio extraño.

Lleno de pensamientos.

De preguntas.

Y de miradas que terminaban regresando inevitablemente hacia Evasna.

La primera en reaccionar fue una de sus hermanas.

—¿Era realmente él?

La segunda pregunta llegó antes de que la primera terminara.

—¿La reina preguntó por ti?

—¿Cómo llegaste a la fiesta?

—¿Dónde encontraste un vestido?

—¿Desde cuándo conoces a Tores?

—¿Qué ocurrió junto al lago?

Las preguntas comenzaron a acumularse unas sobre otras.

No con malicia.

Ni con reproches.

Solo con una curiosidad imposible de contener.

Evasna intentó responder una.

Luego otra.

Y después varias al mismo tiempo.

Con resultados bastante pobres.

Mientras tanto, la señora Kleins permanecía algo más atrás.

Observándola.

En silencio.

Todavía procesando muchas cosas.

Entre ellas una particularmente difícil.

La muchacha que había admirado aquella noche.

La que había llamado la atención de nobles, guardias, invitados e incluso de la reina.

Había sido Evasna.

Su Evasna.

Y por primera vez en mucho tiempo, la mujer se preguntó cuántas cosas no había llegado a ver.


Aquella noche se prolongó mucho más de lo habitual.

Y por una vez, nadie parecía tener prisa por irse a dormir.

Las preguntas continuaron durante un buen rato.

Algunas fueron respondidas.

Otras no.

Y varias terminaron generando todavía más preguntas.

Finalmente, cuando el cansancio comenzó a imponerse sobre la curiosidad, el ambiente se relajó un poco.

Fue entonces cuando la señora Kleins observó a Evasna.

Durante unos segundos.

Con una sonrisa tranquila.

Una sonrisa que la muchacha no supo interpretar del todo.

Y siendo la mujer despierta que siempre había sido, terminó haciendo la pregunta más importante de todas.

—Y bien…

Evasna levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Cuál es el secreto?

La muchacha permaneció inmóvil unos instantes.

Luego sonrió.

Se acercó.

Y cuando estuvo a su lado se inclinó ligeramente para susurrarle al oído:

—Usé un poquito de… magia.

La reacción fue inmediata.

La señora Kleins dio un pequeño salto hacia atrás.

Se llevó una mano a la boca por pura costumbre.

Y abrió los ojos con sorpresa.

Evasna no pudo contener la risa.

—Madre…

La muchacha negó con la cabeza.

—Pensé que no ibas a creerme.

Estaba completamente convencida de que aquello terminaría siendo interpretado como una broma.

O una excusa absurda.

Pero entonces la señora Kleins retiró lentamente la mano de su boca.

La observó.

Y sonrió.

Una sonrisa extrañamente tierna, casi nostalgica.

—Entonces no mentía tu padre sobre ti.

La sonrisa desapareció del rostro de Evasna.

Permaneció allí.

Inmóvil.

Completamente impactada.

Mirando aquella expresión en el rostro de su madre.

Y entonces Eslena hizo algo aún más extraño.

Llevó una mano hasta su cuello.

Buscó bajo el vestido.

Y extrajo el colgante que había llevado durante tantos años que Evasna ni siquiera recordaba haberla visto sin él.

Lo observó unos instantes.

Como quien recuerda algo lejano.

Luego se acercó.

Y con una delicadeza inesperada lo colocó alrededor del cuello de Evasna.

La muchacha ni siquiera reaccionó.

Seguía intentando comprender la frase anterior.

—Madre… ¿qué…?

Pero Eslena simplemente negó con la cabeza.

Y sonrió otra vez.

Aquella misma sonrisa.

Tierna.

Nostálgica.

Como si estuviera viendo algo que nadie más podía ver.

—Entonces esto es para ti.

Fin.

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El libro de Venesteres cerrado junto a un antiguo colgante sobre una mesa iluminada por la luz del amanecer.

Algunas historias terminan donde otras comienzan.