Portada: él hablando emocionado, ella con expresión ilegible en una cafetería nocturna.

Portada — Lo que parece obvio desde fuera, rara vez lo es.

La cafetería olía a café recién molido y a azúcar tibia. Era de esas cafeterías viejas, pero orgullosas, con lámparas de vidrio ámbar y sillas que crujían apenas uno se sentaba. Por los ventanales, la noche de ciudad vibraba con luces, autos, murmullos y el rumor constante de la vida apresurada. Dentro, en cambio, había algo casi suspendido en calma.

Ella estaba sentada junto a la ventana, con el pastelito en su plato como si fuera una ceremonia privada. No era una belleza exagerada, sino esa clase de chica a la que el mundo miraría dos veces sin saber por qué: expresión tranquila, ojos atentos pero distraídos, como si siempre estuviera a mitad de un pensamiento largo. Cada tanto daba un sorbo a su café, y el vapor le rozaba el rostro.

A su lado, descansando sin ninguna prisa, estaba el libro:
Vartox: Fuga en Kartaz.
Portada negra, título en plata, ese grosor cómodo que promete horas de mundo ajeno.

Entonces él pasa.

Alto, delgado, tan torpemente elegante que parecía salido de otra época. El saco no estaba perfectamente planchado, pero estaba limpio; los lentes grandes se le resbalaban apenas de vez en cuando; la expresión… esa mezcla rara entre nervio, inteligencia, ternura y un entusiasmo que, cuando despierta, ya no sabe apagarlo.

Él iba caminando hacia la salida cuando ve el lomo del libro. Se detiene como si hubiera visto una constelación conocida en el cielo. Frunce el ceño, se acerca un paso, otro… y sonríe con incredulidad.

—¡Wao…! —dice bajito, casi con reverencia—. ¿Tienes la Fuga en Kartaz… en español?

Ella levanta apenas la mirada. Es una mirada tranquila, casi inexpresiva, pero con una calma que no espanta.

—Ujum.

Y él, pobre chico, cae.

—¡No sabía que había salido ya! Yo juraba que la publicaban el mes que viene… —ya se está riendo, ya está vivo—. ¿Dónde lo conseguiste?

Ella pincha un trocito de pastel y contesta como si fuera lo más normal del mundo:

—Tecama.

Él parpadea.

—¿Tecama? No… ¡No puede ser! Ellos nunca traen cosas tan de nicho tan rápido… —y empieza a encenderse—. Seguro fue un error logístico, o alguien metió el pedido antes, o quién sabe… pero… ¡está aquí! —mira hacia afuera, la noche ya bien instalada; luego baja la vista a su reloj—. Y ya cerraron… ¡Claro que cerraron, ya es totalmente de noche! ¡Esto es una tortura!

Ella sonríe apenas, esa sonrisa suave de quien no pone emoción extra cuando no hace falta.

—Puede ser.

—¿Lo empezaste ya?

—No.

—Pero viste el final del anterior… —se inclina hacia ella, ojos brillantes—. ¿Verdad que fue predecible pero igual buenísimo?

Ella bebe café.

—Sí.

Y ese “sí” es suficiente para él.

Como si la palabra le hubiera lanzado una cuerda, se sienta en la silla frente a ella. No pregunta si puede; pero tampoco es invasivo: se sienta con ese respeto nervioso de quien sabe que está entrando a un territorio donde no es rey, sino invitado inesperado.

Y entonces arranca.

—Yo todavía no supero lo del salto en Marte… Mira, incluso con la gravedad reducida, Vartox no pudo haber hecho esa maniobra sin romperse al menos una pierna. O sea, sí, está entrenado, pero la biomecánica no da. Y lo de la Adana… eso sí que no me lo creo. ¿Cómo aterrizan así de bajo perfil, con los Saglinos activándose apenas detectan vida humana? ¡No hay manera! A menos que… —y ya va, ya está encadenado a su propio entusiasmo— …a menos que el sistema de interferencia biológica haya sido más viejo de lo que dicen, y entonces…

Y él vuela.

Habla de Kartaz como si hubiera estado allí, de los Saglinos como si los hubiera estudiado en la universidad, de Vartox no como un personaje, sino como un amigo imprudente al que quiere y regaña.

Mientras tanto, ella…

No asentía con amabilidad. No sonreía. No hacía contacto emocional evidente.

—Sí.
—Ajá.
—Tal vez.
—No tanto.
—Supongo.
—Puede ser.

Su tono plano hacía parecer que respondía más por cortesía mecánica que por interés. Desde afuera parecía que estaba deseando que él terminara.

Eso era lo interesante.

Porque el personal empezó a construir su propia narrativa. La barista alta, con coleta, pensó que lo estaban ignorando horrible; la de cabello corto, que ella ni lo miraba; la mayor del equipo lo vio diferente: si no quisiera, ya él no estaría sentado ahí.

Y seguían trabajando, pero dando círculos cerca, atendiendo mesas cercanas, pasando casualmente más seguido por ese lado.

La ciudad seguía viva afuera. Dentro, comenzaba a formarse un pequeño teatro involuntario.

Él hablaba de Marte, de la gravedad, de Vartox, de las estrategias imposibles, del ataque de los Saglinos. Gesticulaba, sonreía, se inclinaba hacia adelante, se encendía, volvía atrás, se corregía, se emocionaba otra vez.

Ella cortaba pastel, bebía café, respondía con monosílabos.

El ambiente en la cafetería había cambiado de color, sin que nadie lo dijera. Al principio era curioso, luego gracioso, después… incómodo.

El chico seguía hablando. No hablaba mal. No hablaba feo. No era un pesado vulgar. Solo… era mucho.

Y ella, con su rostro sin grandes reacciones, terminaba el pastel, bebía el último sorbo de café, y ahí seguía:

—Ajá.
—Sí.
—Tal vez.

Pero el gesto en la cara ya había dejado de ser neutro. Había algo… pero nadie sabía qué.

Desde la barra, los empleados eran un panel de comentaristas silenciosos. La barista de coleta dijo en voz bajita que eso ya era tortura emocional. La mesera joven comentó que le daba pena, que se notaba que él estaba feliz. Otra respondió que ella ya había terminado, señal social de que quería irse. La mayor, que siempre hablaba poco, dijo que quizá solo estaba allí, sin apuro por quedarse ni por irse.

En otra mesa, una pareja que cenaba pastel compartido miraba. Un señor de negocios levantó la vista un par de veces. Dos chicas estudiantes hicieron cara de uff.

Ya era una escena pública sin querer serlo.

Y entonces la frase apareció. No como ataque, no como rescate heroico, sino como reflejo humano de que aquello ya se había pasado de tiempo.

Se acercó la mesera, arrastró sin malicia a uno de los baristas.

—Hola —sonrisa amable, profesional, suave—. ¿Desean algo más?

El chico parpadeó, y todo ese entusiasmo, toda esa carrera emocional, frenó.

No se molestó. No se ofendió. Solo entendió.

Fue como si alguien encendiera una luz interna que decía: “Ah… este es el marco. Esto es lo que parece. Entendido.”

Se levantó sin aspavientos, se acomodó los lentes, sonrió dignamente, sin quebrarse.

—Oh, no, no, gracias. Ya… ya estoy bien. —Mira a la chica—. Gracias por la charla. Y por la noticia del libro. Fue… agradable.

Ella lo mira. Una milésima de duda cruza su expresión, como si quisiera decir algo, pero no lo dice.

—Ajá… —solamente.

Él asiente, hace una pequeña reverencia tímida y da dos pasos atrás.

El personal sonríe satisfecho. Una situación rara controlada, un mal momento evitado, según su lectura. La mesera incluso le sonríe a la chica como quien le guiña el ojo a alguien que fue rescatada.

Y el chico se va.

No corriendo. No derrotado. Pero con esa dignidad triste que solo existe cuando alguien se da cuenta tarde de cómo se veía desde afuera algo que desde dentro no parecía tan grave.

La puerta suena. La noche lo traga.

Dentro de la cafetería ocurre algo extraño.

No hay aplausos.
Pero hay alivio.

La barista suspira, una estudiante sonríe como diciendo “por fin”, el señor de negocios vuelve a su laptop y la mesera joven murmura que era buena gente.

La mayor no dice nada, pero frunce un poco el ceño, como si algo no le calzara del todo.

Emma se queda unos segundos más sentada luego de que él se va. No mucho. Solo… lo justo para que su mente haga ruido.

Mira hacia la ventana.

Y lo ve.

Allí está el Quijote de la cafetería, parado en la acera de enfrente, esa postura rara entre “todo bien” y “bueno… ya está”. El gesto educado todavía puesto, pero con la mirada de quien acomoda emociones antes de seguir su camino. Levanta la mano para intentar parar un taxi.

Y algo en ella cambia.

No es una idea clara.
No es un impulso lógico.
Es algo visceral.

Su rostro, que hasta hace segundos parecía indiferente, se tensa, se ilumina, se preocupa, se sorprende… todo a la vez. Es como si, de golpe, su cuerpo hubiera entendido algo antes que su cabeza.

Y entonces se mueve.

Guarda el libro casi con violencia suave, mete dinero de más sobre la mesa, se despide atropellada, la voz se le quiebra de prisa mientras agradece. No espera cambio, no espera factura, no le importa nada más.

Corre… pero de forma contenida. Corre como se corre cuando no se quiere parecer desesperado… pero se está desesperado.

Los empleados la ven. Una mesera pregunta qué pasó; la barista mayor responde que ahí sí pasó algo.

La cafetería se queda medio en silencio, ese silencio colectivo de cuando algo inesperado rompe el guion.

La ven cruzar la calle con rapidez pero aún cuidadosa y plantarse frente a él.

Desde dentro no se escucha nada, pero se ve todo.

Ella llega torpe, casi se disculpa con el cuerpo. Se le nota rígida, nerviosa, insegura. Pero está ahí.

Él se gira sorprendido, la mira y se ilumina. No exagerado, no teatral, sino simple… como quien de repente recibe algo que pensó que ya había perdido.

Ella gesticula, señala el bolso, señala el libro, se explica mal… pero se explica.

Él escucha primero con confusión, luego sonríe, dice algo corto. Ella sonríe también, esta vez de verdad, una sonrisa cálida, inesperadamente honesta.

Él señala hacia adelante. Ella asiente.

Y entonces pasa lo más increíblemente simple del mundo: se van caminando juntos.

No de película. No de comedia romántica exagerada. Solo… dos personas caminando por la ciudad un viernes por la noche.

Pero dentro de la cafetería eso no se siente pequeño, no para quienes lo vieron todo.

La mesera joven queda con la boca abierta; alguien dice que no puede ser; otro responde que pues fue; alguien más murmura que ellos creían que la estaban salvando. La mayor comenta, mientras acomoda tazas, que tal vez no estaba atrapada, que quizá solo estaba procesando, o que no sabía que quería que él se quedara hasta que se fue.

Las chicas estudiantes se miran con sonrisas idiotas. La pareja del pastel suspira feliz. El señor de negocios sonríe apenas, como quien disimula que algo le llegó.

Y ahí, por un instante, la cafetería entera comparte algo silencioso: esa sensación cálida y rara de haber sido testigos de una historia diminuta, pero preciosa.

—Bueno —dice alguien riendo—. Nadie entiende nada de nadie.
—Eso es la vida —responde la mayor—. Nosotros miramos desde afuera… y creemos saber.

Una pausa.

Y entonces todas siguen trabajando, porque así es el mundo: las historias pasan, los cafés siguen sirviéndose y la noche continúa.

Pero algo queda. Un recuerdo. Una sonrisa compartida.

Y, allá afuera, bajo las luces de la ciudad, dos figuras caminan juntas y empiezan una conversación que nadie más escuchará, pero que, de alguna forma, todos sienten que vale la pena.

Cierre: vistos desde la cafetería, ambos caminan juntos por la ciudad de noche.

Cierre — A veces el malentendido se resuelve sin discurso: solo con caminar juntos.